miércoles, 14 de octubre de 2009

CORRESPONDENCIA ONETTI–BENEDETTI




Nota. Para los amantes de la literatura Rioplatense, la correspondencia entre estos dos grandes maestros uruguayos de las letras , reconocidos en todo el mundo, y muertos los dos, agregan detalles, experiencias y resaltan el genio y figura de Onetti y Benedetti, cada uno con su estilo y las proyecciones personales de la escritura. (A.A.)




Mayo o junio de 1951


Amigo Benedetti:


Hace tiempo que quiero agradecerle el M. P. (1) y and etcétera. El momento es propicio; estoy solo y estoy desvirginizando una Royal. Le desconfiaba porque con la excepción de un alemán que se llama Curtius o algo parecido todo lo que he leído sobre Marcelo es una remolienda. Se me ocurría que ya no había nada para extraerle al pobre tipo; pero usted lo hizo. Estoy seguro de que mi entusiasmo no se origina en sus sonrisas o en que usted haya hablado en mi presencia del "estilo" de La vida breve; lo hice leer por gente difícil y hasta por snobs y todos fraternizamos. Le tenía guardada la confesión de que Esta mañana no me gusta; son cuentos que es necesario escribir pero no publicar. En el plano de lo que se llama creación usted tiene -hasta la fecha, hasta donde yo conozco- mucha habilidad y, en pedazos, talento. Pero el estamañanismo no resulta porque es falso, es juego. Si protesto es porque cuando juego a ese juego me juego del todo; usted no lo hace y, pa qué hablar, usted sabe mejor que yo que no lo hace. Ahora bien: consejos pedantes y fanáticas profecías: usted hará ensayos, que le dicen, y alguna vez hará alguno definitivo, de 300 páginas, rehuyendo la facilidad de la nota que no es más que un apunte para trabajo futuro. ¿Por qué no la liquidación de Proust, el tipo más importante en la novelística del siglo y sin embargo terminado? ¿Y por qué está terminado? Otra cosa que le propongo con animus jodiendus: la ampliación de los publicados apuntes sobre grupos y peñas. Sería muy bueno, estoy seguro. Lo de animus etc. va porque estamos lejos y usted puede haberse olvidado y creer que soy capaz de aconsejar en serio. Simplemente, me parece que usted puede hacer grandes cosas con ese tipo de cosas. Y profetizo que, después, usted incurrirá más, para mí, peligrosamente en lo que Borges ordenó llamar ficción. Porque uno de los aspectos de la joda está en que no se puede hallar competencia considerable en el terreno de escribir novelitas; si uno se deja endulzar por la vía libre existente en la cuenca rioplatense está perdido. Todo esto es buen motivo para que usted me brulotee en la más oportuna y próxima ocasión; pero, de todos modos, lo va a descubrir, no podrá hablar mal del todo de mí. Cuando esté problemático y podrido, escríbame y juro contestarle. Dígale a Sarandy que estoy completamente de acuerdo con la crítica de Homo ciudad [Nota preliminar]




(2); sé que hubo ataque por el lado de Asir. Explíqueme por qué no apareció comentario de LVB (3) en Marcha, ausencia que me hiere sentimentalmente: yo la hice, Marcha, durante años y desde el primer día. Presiento que la explicación verdadera será cómica (4). Si ve a Idea, dígale que me debe dos libros suyos, de ella, y que es maravillosa (5). Estoy un poquito borracho desde el principio de la carta; pero sé lo que digo (6). Perdóneme la facilidad de los punto y coma, y coloque las comas que faltan. Otrosí: me deben el Nº 12 (o 12-13-14-15) de Nº. Mándelo y cóbrenlo de los derechos de autor de Prepara J. C. Onetti Sueño realizado y otros cuentos (7). En: Raquel O. de Gil, Veracierto 1532 (5-2594) hay empaquetado un montón de El pozo esperando vendedores al 50 o 40%.(8) Agregue saludos a Claps, alias la bondad invisible (9).
Onetti
(1) Se refiere al volumen de Mario Benedetti Marcel Proust y otros ensayos. Montevideo, Número, 1951. En cuanto a la fecha probable de la carta véase notas 2, 8 y 10.
(2) Se refiere a Sarandy Cabrera, poeta y miembro de la revista Número y colaborador de Marcha. Alude a la reseña escrita por Cabrera sobre el libro de poemas Homo ciudad (1950), de Saúl Pérez Gadea, publicada en Marcha el 6 de abril de 1951. Esta referencia permite conjeturar, con bastante certeza, de que la carta fue escrita hacia principios de mayo de aquel año.
(3) Abreviatura de La vida breve, novela de Onetti que había sido publicada en 1950 por Editorial Sudamericana de Buenos Aires.
(4) El pasaje relativo a Marcha deja entrever dificultades circunstanciales y quizá enconos con los responsables del semanario, dirigido por Carlos Quijano. En efecto, Onetti fue el primer Secretario de Redacción del periódico y, entre otros textos, redactó la columna 'La piedra en el charco', con el seudónimo Periquito el Aguador. Sus notas y cuentos del período fundacional, entre junio de 1939 y mediados de 1941, están recogidas por Jorge Ruffinelli en Requiem por Faulkner y otros artículos. Montevideo, Calicanto, 1974; Omar Prego en Cuentos secretos. Periquito el Aguador y otras máscaras. Montevideo, Biblioteca de Marcha, 1986 y María A. Petit en Periquito el Aguador y otros textos, 1939-1994, Montevideo, Cuadernos de Marcha/Intendencia Municipal de Montevideo, 1996. Una nota de Onetti que evoca esa primera época del semanario: 'Quijano era Marcha', en Jaque (Separata), Montevideo, 28 de diciembre de 1984: 8.
(5) Por la fecha de la carta, hacia la mitad de 1951, debe referirse a los que, hasta entonces, eran los dos libros de Idea Vilariño: Paraíso perdido (1949) y Por aire sucio (1951).
(6) Esto tiene un alto valor documental, ya que los jóvenes asireños afirman que el tipo escribe alcoholizado. Otra manera de plagiar a Faulkner. (Nota del Autor. Abajo, manuscrita, figura la firma de Onetti.)
(7) Primera mención a uno de los motivos más recurridos en la correspondencia con Benedetti: el volumen de cuentos Un sueño realizado y otros cuentos, que Número preparaba para su publicación. Ésta se concretó en 1951. El libro compila el cuento epónimo, 'Bienvenido Bob', 'Ebsjerg, en la costa' y 'La casa en la arena', con un prólogo de Mario Benedetti. El colofón del volumen indica: "Este libro, editado por Número, se acabó de imprimir el 20 de diciembre de 1951, bajo el cuidado de Sarandy Cabrera, en la Imprenta "Rosgal", Ejido 1624, Montevideo".
(8) Onetti entrega a beneficio de Número los ejemplares de El pozo que le quedaban, tres lustros después de su publicación en diciembre de 1939. La referencia en esta carta, así como otra más adelante, prueban este acto de generosidad y afecto hacia la revista y sus miembros. Asimismo, en el Nº 15-16-17 de Número, junio-diciembre de 1951, aparecerá dentro del aviso general de las publicaciones del sello, la noticia de que El pozo está "en distribución". Es ésta otra prueba de la fecha de la carta: debió de escribirse en mayo o a comienzos de junio.
(9) Se refiere a Manuel Arturo Claps (Buenos Aires, 1921-Montevideo, 1999), profesor y filósofo, codirector fundador de Número, a quien Onetti había entregado en Buenos Aires el capítulo 'El señor Albano' (ver nota en primera carta de Mario Benedetti).




Montevideo, 23/IX/1951
Amigo Onetti:
Afortunadamente su carta no tenía fecha. Así puedo ignorar cuántos meses hace que estoy en mora (10). Podría alegar que, de acuerdo a su consejo, estuve esperando hallarme problemático y podrido, pero la estricta verdad es que le había prometido dos cosas y no quería escribirle con saldo deudor. Ahora ya he transportado en el Volkswagen -así se llama la carrindanga que me compré; soy el único de los propietarios montevideanos que pronuncio correctamente el nombre- los Pozos desde Veracierto a lo de D'Elía (11), y también está listo el prólogo de Sueño realizado (12) y Bienvenido Alsina (13) me parecen de lo mejor. Los otros dos me gustaron un poco menos, pero de cualquier modo no lo pude brulotear (14). Sobre SR arriesgué una interpretación acerca de la cual no estaba muy tranquilo, pero el controvertido ERM -tipo que, desde cierto ensayo aparecido en Número, se ha transformado en autoridad máxima en narrativa onettiana (15)- opina que aun en el caso de no coincidir con las intenciones del autor, ha sido conseguida por medios legítimos. Claro que ahora el intranquilo será usted.
De sus profecías acerca de MB, no sé nada en concreto. De todos modos, gracias por su interés sobre mi MP y su difusión entre los snobs y la gente difícil (16). Puede ser que me vaya convenciendo de que soy un pasable crítico de los otros y un pésimo, un alfaresco (17), un comprometido crítico de mí mismo. Francamente, no me haría gracia. Me gusta hacer crítica, pero más, mucho más, me gusta hacer cuentos. No sé si me importa demasiado si haré algún ensayo definitivo de 300 páginas, pero sí me importaría hacer un cuento definitivo de 5, 10 o cualquier número de páginas. Usted dice que el estamañanismo es juego, es falso, que no me juego del todo y que lo sé mejor que nadie. No niego que el estamañanismo sea mediocre; más aún, lo veo mediocre por muchos lados y ninguno de mis cuentos me ha dejado conforme. Pero niego que para mí sea un juego (especialmente, en 'Idilio', 'Como un ladrón', 'La vereda alta') y menos aún que yo lo sepa mejor que nadie. Además, como usted profetizaba, he reincidido: terminé una short story o nouvelle o simplemente novelita -se llama 'El último viaje'- y dos o tres cuentos cortos que probablemente reuniré en un volumen (18). No quiero que imagine que tengo demasiados resentimientos y cosquillas; como crítico, me revientan los tipos susceptibles que se ofenden ante cada dudador de su presunta genialidad. Simplemente, que los cuentos me importan, que no juego con ellos sino que trato de hacerlos en serio. De modo que si son mediocres o estúpidos u horribles, soy en realidad mucho más culpable y menos lúcido de lo que usted imagina. Y sepa que no descarto en absoluto que sea ésta la única verdad, porque usted es un lector inteligente, un lector crítico, y su opinión importa y además coincide, lo confieso, con la de otros lectores críticos e inteligentes.
Y a otra cosa: ¿Qué le viene pareciendo Número? Proyectamos sacar en 1952 una entrega doble o triple -es decir, tan gordo como el del 900- sobre Existencialismo (filosofía y literatura). Por mi parte, la emprenderé con Kafka y Dostoiewsky.
Leímos su María Bonita (19). Parece bueno pero poco independiente. Presiento que el lector se quedaría en ayunas. En 'El Señor Albano' también se quedaba un poco, pero podía atribuirlo a oscuridad deliberada (20); aquí en cambio es evidente que se trata de un fragmento de novela.
Lindo revuelo ha armado la nota de Alsina. Hay quien cree que es mejor que la de Emir. Hay quien opina que es una guarangada. Creo que más bien es lo último y le dije a Alsina que era la primera vez que lamentaba no escribir más en Marcha -a raíz de un antiguo lío con Quijano- porque era difícil resistir la tentación de hacerle varios goles con las pelotas que dejó boyando. Además, es evidente que no alcanza haber leído todos los libros de Onetti para escribir sobre una novela, aunque ésta sea casualmente de Onetti (21). Bueno, se me acabó la cuerda. No se olvide que juró contestarme; por mi parte le aseguro una respuesta rápida, no como esta vez.


Benedetti 10) La redacción de la carta en octubre y la referencia a los "meses" que han pasado, va en favor de la hipótesis de que Onetti escribió su primera comunicación en la primera mitad del año 51, hacia mayo o principios de junio.
(11) Esto es: ha llevado los ejemplares de El pozo, según le había indicado Onetti, desde la casa de la hermana de éste (Raquel Onetti de Gil) situada en el Buceo, hasta la céntrica librería de Héctor D'Elía, distribuidor de Número y de todas sus publicaciones.
(12) Se refiere al prólogo que escribió para Un sueño realizado y otros cuentos, ya mencionado en nota 7.
(13) "Bienvenido Alsina" es una ironía: cambia el título de 'Bienvenido Bob', cuento incluido en el libro dedicado por Onetti a HAT (Homero Alsina Thevenet), con quien había mantenido una larga amistad desde 1939. El precoz Alsina, mucho menor que Onetti, puesto que el primero nació en 1922, se trasladó a Buenos Aires en 1941 y convivió con su amigo y maestro en un apartamento céntrico de aquella ciudad.
(14) Esos "otros dos" son 'La casa en la arena' y 'Esbjerg, en la costa'.
(15) Se trata de Emir Rodríguez Monegal, quien acababa de publicar en Número el extenso artículo 'Juan Carlos Onetti y la novela rioplatense', Nº 13-14, marzo-junio 1951: 175-188. Artículo fechado en "Cambridge, abril de 1951", ya que entonces el autor se encontraba en Inglaterra en usufructo de una beca del British Council.
(16) MB: Mario Benedetti; MP: Marcel Proust y otros ensayos, en particular el trabajo sobre Proust que Onetti tanto elogia en su comunicación.
(17) Alude con este neologismo a la revista Alfar, cuyas prácticas críticas no solían pasar del intercambio de cortesías. Frente a esa generosidad (o blandura), la 'generación del 45' opuso el "alacraneo", la crítica sin concesiones.
(18) En 1951 las Ediciones Número publica el volumen El último viaje y otros cuentos, de Mario Benedetti. En lo sucesivo, este libro no sería reeditado, sino que sus cuentos se redistribuirán en otros títulos, sobre todo en Montevideanos (Montevideo, Alfa, 1959) hasta llegar a la edición de Cuentos Completos, que distintos sellos internacionales han dado a conocer desde mediados de los setenta.
(19) El uso del plural relacionado con el texto onettiano, prueba que 'María Bonita' (a la postre incorporado como pasaje de Juntacadáveres, Montevideo, Alfa, 1964), fue remitido para su publicación en Número. Está claro, asimismo, que la revista terminó por rechazar su publicación. Sólo apareció, casi un año después, en Marcha, cuya sección literaria estaba dirigida por Emir Rodríguez Monegal. El texto fue precedido del siguiente acápite, sin firma, aunque seguramente de Rodríguez Monegal: "Estas páginas pertenecen al capítulo inicial de una novela que Onetti está escribiendo. El argumento de la misma le fue proporcionado por Carlos Martínez Moreno, el que a su vez ha escrito sobre el tema una nouvelle (VILLA ELISA) que aún se mantiene inédita" (Marcha, Montevideo, Nº 628, 27 de junio de 1952, 2ª sección: 26-27). Hasta ahora, esa novela corta de Martínez Moreno sigue inédita, al menos con ese título.
(20) 'El señor Albano' es un capítulo de La vida breve (Buenos Aires, Losada, 1950), que se publicó originalmente con ese título y sin otra indicación, en Número, Montevideo, Nº 2, mayo-junio 1949: 91-109. En una reseña de las primeras entregas de esta revista, Benedetti anotó sobre este texto onettiano: "Un cuento de Juan Carlos Onetti, 'El señor Albano', representa las mejores páginas que ha publicado Número. Desde el equívoco del título hasta ese final incierto en que la angustia y el cansancio se vuelven acogedores, esta de Onetti constituye una de sus más absorbentes narraciones, y en ella está presente todo lo bueno que anunciaba su frustrada Tierra de nadie" ('Revistas Nacionales: Número', M[ario] B[enedetti], en Marcha, Montevideo, Nº 493, 2 de setiembre de 1949: 22).
(21) La nota en cuestión es una larga y durísima reseña de La vida breve: 'Una novela uruguaya', de Homero Alsina Thevenet, en Marcha, Nº 590, 24 de agosto de 1951: 14-15.


Octubre de 1951 (22)
Amigo Benedetti:
Habrá que conversarlo personalmente para que se aclare. Creo que hay algo indiscutible: los cuentos de Esta mañana tienen, casi cada uno, técnica distinta, 'sensibilidad' distinta, distinto enfoque de la vida. Es seguro que me hubiera gustado si los hubiera leído por separado. Recuerdo que cuando vi 'El presupuesto' en Número (23), me pareció muy bien hecho, aunque no era 'mi cuerda'. La objeción que hago es que el conjunto no me deja saber quién es usted. Ya hablaremos, espero, porque una semana de éstas tendré que ir por Montevideo. Tengo muchas ganas de leer el prólogo a Sueño Realizado (sic), enterarme de su interpretación de los símbolos que aseguran que existen. En un final de 'capítulo' de El Pozo se habla de "las violadoras de niñas"; debe ser "los violadores". Aunque tal vez el aviso llegue tarde y la edición se haya agotado (24). Felicítelo a Claps por los votos para el premio estímulo; esperamos que este feliz acontecimiento lo ayude a perseverar. ¿No está por salir un Nº? Debo presentar mi formal renuncia al cargo de comentador de Céline para el Número existencial; tengo mucho respeto por las disciplinas que me son ajenas, no quiero publicar un "trozo de ficción" con el nombre de crítica (25). Pero quedo a las órdenes para lo que pueda ayudar; tal vez deseen pedir colaboración a alguien de Baires. Ustedes dirán. Esta tarde me siento feliz y muy perezoso.
Pero esta mañana, no; se me vino arriba una cantidad de trabajo, traducciones sobre el arte de anunciar y vender, sobre televisión y cualquier cosa. Esta carta se interrumpió hace días, como 15, y me ha sido imposible escribir una línea a nadie. Como siento que se la debo, trato de concluirla y mandársela. El viaje a Monte se postergó; será para el verano. Hablando de otro, la intuición me aconseja creer en El último viaje. ¿Cuándo la leemos? También yo ando dedicado a novelitas; hice una, Los Adioses, que Emecé no se decide a decirme que no la publica, y juego a veces con otra, me defiendo de que se alargue y se convierta en novela (26). Pero el juego principal consiste en pensar que para el año próximo me haré un psicoanálisis o un régimen opoterápico (27), me cambiaré el mood (sic) y organizaré mi vida a fin de escribir con regularidad y contestar a buen tiempo las cartas. Saludos cordiales; escríbame.
Onetti


(22) La carta fue redactada entre el arribo de la de su corresponsal, hacia fines de setiembre o principios de octubre de 1951, y la publicación de Un sueño realizado, diciembre de ese año. Además, hay una interrupción de una quincena, como consta claramente en el texto.
(23) En efecto, el cuento 'El presupuesto' se publicó por primera vez en Número, Nº 5, noviembre-diciembre 1949: 377-383.
(24) La aclaración posee una gran relevancia. En efecto, en la primera edición de El pozo, y hasta entonces única -ya que se reeditó por primera vez en 1965 (Montevideo, Arca)-, consta: "Y si uno se casa con una muchacha y un día se despierta al lado de una mujer, es posible que comprenda, sin asco, el alma de los violadores de niñas y el cariño baboso de los viejos que esperan con chocolatines en las esquinas de los liceos" (El pozo. Montevideo, Imprenta Stella, 1939: 57). La curiosa errata fue enmendada en 1965. ¿O fue un tardío acto de arrepentimiento de Onetti?
(25) La invocada entrega de Número sobre 'Existencialismo y literatura', a la que aludía Benedetti en su carta anterior, nunca salió como tal. Ni Benedetti escribió sobre Kafka y Dostoiewsky ni Onetti aceptó el reto de un artículo sobre su admirado Louis Ferdinan Céline. No obstante, varios años más tarde, escribirá una nota sobre Céline: 'Para Destouches, para Céline', en Marcha, Montevideo, 1º de diciembre de 1961 (Incluido en Requiem por Faukner y otros artículos, op. cit.: 154-158.)
(26) El colofón de Los adioses indica que "Este libro se terminó de imprimir el día 11 de junio del año mil novecientos cincuenta y cuatro, en la Imprenta López, Perú 666, Buenos Aires, República Argentina". Casi tres años antes, como lo prueba esta carta, Onetti tenía escrita su novela. El editor, al fin, no fue Emecé sino Sur, la revista-editorial dirigida por Victoria Ocampo.
(27) Si piensa divulgarlo, hágalo con prudencia. (Nota del Autor)




(28) Enero de 1952 (29)
Amigo Benedetti:
Muy agradecido por el prólogo-estudio. Creo que usted tiene razón en todo lo que dice y si hay algo para pelear ya lo encontraré en la relectura, imposible ahora porque los tres sueños desaparecieron apenas llegados (30). Tal es mi popularidad en el progresista barrio de San Telmo, Parroquia de la Concepción. (En El Aleph hay un cuento con nombre raro, aquel de la moneda misteriosa; Borges dice que anduvo bebiendo cañitas de durazno o guindados uruguayos o no sé qué otro exceso, y en la madrugada, por o en boliches de Tacuarí e Independencia, justo donde vivo y paro; consultados los muchachos del barrio negaron con la cabeza (31)). Pero sí hubo ya relectura de Último viaje etc. y de Esta mañana etc. Estos últimos viajes me gustaron mucho y sirvieron para mejorar mi opinión del estamañanismo. Personalmente -y a usted no le importa- sólo hago reparos a lo que es pintoresquismo no cocinado, taquigráfico (por ejemplo, el primer viaje en ómnibus; me entusiasma en cambio la frase ya inmortal "guapos hubo en Maracaná y en la historia patria" y también la ya adoptada "qué pandeiro mamita qué pandeiro". Cito de memoria). Recuerdo cosas excelentes en el relato del tipo que viene a visitar al viudo; también en la que ama a Alberto, sacando lo excesivamente sentimental. En resumen, siga que va muy bien. Pero, ahora, ¿hasta dónde? Agrego esto porque la totalidad de los cuentos está chorreando exasperación y un poco de odio. Claro que se trata de cosas para conversadas. Si usted fuera mi esclavo le encargaría una novela, corta, de unas 200 páginas, con técnica simple, con prohibición de monólogos interiores, en la que usted, sin proponérselo, se descargaría de las dichas cosas que chorrean. Después veríamos; después usted se inclinaría hacia una literatura más tranquila y segura, más 'clásica', más lúcida, rigurosa, numerista en suma. Sin dejar de ser Benedetti, claro. Guarde esta carta y déjela en mano de los cuervos del Instituto de Investigaciones, ya que es profética. Le doy mi palabra.
Hablemos de bisnes, por favor: Quiero presentar Sueño al concurso ministerial. ¿Puede ayudarme? Como usted vive en Malvín y posee un susceptibles, podría correrse hasta la casa de mi hermana, Veracierto 1532, UTE 5259432 entregarle los ejemplares necesarios e indicarle qué clase de papel sellado y texto debe hacerme llegar para que yo lo devuelva firmado. Se agradecerá. Otro: ¿No piensan mandarme más ejemplares de autor? ¿Por quién debo votar para el jurado? ¿Por qué Martín Muller recibió el último Número y un humilde servidor no? Ah, si le da los libritos a mi hermana agregue otro para ella, por favor. Algún día retribuiré molestias y bondades. Saludos a los amigos.
Onetti


(28) En papel con el membrete "Editorial Ímpetu. Tacuarí 163-37-7349".
(29) La frase inicial de la carta permite conjeturar que la misma se haya redactado en el filo de los dos años (1951-1952), ya que -según se detalló en la nota 7-, el libro que motiva esta carta salió de la imprenta a fines de diciembre de 1951.
(30) Se refiere, como es obvio, a que los tres ejemplares remitidos desde Montevideo de Un sueño realizado y otros cuentos fueron obsequiados o prestados a algunos amigos de Buenos Aires sin identificar.
(31) Se trata del cuento 'El zahir', en el que el narrador-protagonista se introduce, en determinado pasaje, en un almacén de "la esquina de Chile y Tacuarí". Eso sí: sólo bebe "caña de durazno".
(32) Esto último es el teléfono. La sigla UTE hasta la fundación de la Administración Nacional de Telecomunicaciones (ANTEL), a mediados de los setenta, significaba Usinas y Teléfonos del Estado.




Enero o febrero de 1952
Amigo Onetti:


Antes que nada, tranquilizarlo; como su Sueño y mi Viaje estuvieron prontos recién el 31 de diciembre (toda una hazaña, por la huelga de gráficos) fecha en que, con la nueva reglamentación, vencía el plazo para presentación de obras al Concurso del Ministerio, y como por eso mismo no había tiempo para consultas pero era fácilmente imaginable que usted querría desafiar nuevamente el dictamen de los barbudos, me tomé la libertad de presentarlo junto con el mío y de llenar y firmar su ficha, cosa que me permitieron hacer porque era el prologuero. No hay de qué.
Debo enterarlo además de que en la mencionada nueva reglamentación habrá aproximadamente un jurado por género (es decir, uno para poesía y poemas en prosa; otro para cuento, novela y biografía; otro para teatro; otro para ensayo; otro para literatura infantil), premios separados en cada jurado, todo lo cual me parecería muy bien si lo utilizaran muy bien, lo que es imposible. Sin embargo, no todo es tan edificante y hay otra novedad; no hay más representante de los autores en el jurado, de modo que nos evitan la preocupación de votar a conciencia y conveniencia. Además, hay que presentar 15 ej. en la Biblioteca en vez de 10 en el Ministerio ¡y la Biblioteca los paga! Yo cobré los $13 suyos y van camino de la Imprenta. Recién hoy irá Sueño a la venta. Libr. Salamanca prometió media vidriera, de modo que aquí es tan famoso como en San Telmo, Parroquia de la Concepción. Mañana mismo organizaré el envío del último Número y de otros Sueños y dejaré un par de éstos en casa de su hermana.
Lo de "las violadoras de niñas" llegó tarde, porque El Pozo había sido ya vendido a la Bibl. Nal. y además había salido a librerías. Lo peor fue que Claps me había pasado el dato, pero me dijo que era en (Un) Sueño Realizado. A mí la frase no me sonaba, pero como todavía había tiempo pues estaba en prueba de página, me leí OTRAS TRES VECES todos los cuentos y después renuncié, convencido de mi Idiotez y otras Taras. Ahora he recuperado la estimación de mí mismo. Le agradezco de veras su impresión de mi Viaje y creo que es bastante cierto aquello de que en Esta mañana los cuentos tienen cada uno técnica y sensibilidad distintas. No me faltan ganas para emprender la novela de 200 páginas. Quién sabe. Acerca de la exasperación y del odio, ya hablaremos. Pero no son inventados. Hay mucho de la vida prójima que huele mal y no puedo evitar que la nariz literaria se me frunza.
Cuando se le antoje escríbame sobre el 15-16-17 de Número que todavía no recibió. Nosotros entendemos que es la mejor entrega, pero claro no vemos la viga. ¿Qué le parece el Concurso de Cuentos? Si encuentra bastante regularcitos los premiados, imagínese cómo serían los otros. Brrrrr. Algo traté de explicar en la nota de introducción pero no se podía decir todo (33).
Lamentablemente el costo de este gordo, agregado al déficit que ya soportábamos, nos ha dejado al borde del suicidio. Pero, con semejante deuda, ni siquiera tenemos derecho a suicidarnos. Así que habrá que seguir con el corazón hecho de tripas y el futuro hecho de cárceles. No sé hasta dónde. Mientras tanto, somos tan prestigiosos que Emir fue nombrado representante de Número en el Jurado de Cine de Punta del Este, junto con los petizos de Marcha (34). Algo más: ¿Habría posibilidad de vender Sueño Realizado en Baires? Aquí se vende a $ 2.90. Ud. dirá. Saludos cordiales
Benedetti


(33) En la voluminosa entrega 15-16-17 de Número (442 págs.), de julio-diciembre 1951, se publican los resultados del concurso convocado por la revista y los textos favorecidos: 'Inocencia', de Omar Prego Gadea y 'La máscara', de Juan Luis Cavo (primer premio compartido); 'El solitario', de Sául Pérez (segundo premio); 'El fracaso', de Günther Schnapp (tercer premio), 'Las confidentes', de Julio Rossiello y 'El Arco Iris de Andrés', de Irene Gebhardt (menciones). El comentario titulado 'Concurso de cuentos', que precede la publicación del acta y de los textos, que va sin firma pero en esta carta reivindica Benedetti, dice que el certamen llamado por Número y la Asociación Cristiana de Jóvenes recibió la comparecencia de 129 cuentos. El jurado estaba integrado por Ruben Areán, Mario Benedetti, Carlos Martínez Moreno, Carlos Real de Azúa y Emir Rodríguez Monegal.
(34) Se refiere a los dos críticos de cine de Marcha: Hugo R. Alfaro (1917-1996) y Homero Alsina Thevenet.
(35)




Segunda mitad de 1952
Amigo Benedetti:


No le escribo a usted, sino a la Patria. (Calcule, de aquí a cien años, a los diez de mi muerte, el brillo o punta que pueden sacarle a la frasecita esa los muchachos del Instituto. ¿O sueña usted que será superada en difusión y prestigio por "¡Qué pandeiro, mamita!"?) ¿Para qué le escribo? Bueno, por charlar, porque extraño la cuna compartida con el pibe Ducasse, la buena gente y la otra. Y, sobre todo, para probar suerte y ver si hay posibilidad de conseguir chismes o recortes o cualquier cosa vinculada a la vida literaria de esos pagos. Me escribieron que [en] un artículo decía Emir que mis libros se agotaban. Es un excelente gag para vender a los hermanos Marx. Si logro documentarlo lo trasladaré al sufrido editor de la VB para que se convenza de que las pilas de libros que continúa almacenando zon (sic) entelequias, hombre. Bueno, hábleme de la nouvelle que estaba terminando hace un año o dos. Dígame qué hace la gente. Recibí el último Número, pero tengo que rescatarlo de casa de un amigo. Tuve tiempo de mirar los poemas traducidos por Idea y ando buscando el disco de 'Si tú te imaginas' (36). Si alguna vez le viene bien mándeme algunos sueños realizados (sic), para admiradores. Pero hay además gente interesada en venderlo acá; una editorial vinculada a librerías. No sé si es posible; en ese caso se podría hacer lo mismo con todos los libros editados por Número. Pienso que el problema principal estará en el precio. Para que pueda saciar la curiosidad de las grandes masas, le aviso que acabo de corregir pruebas de la novelita del Hotel Carena (37). En cuanto a Emir, si acabó de desempolvar y poner orden para Aguilar (38), que conteste alguna de mis cartas de dos años atrás. Dígame cómo anda la salud de Idea y si Claps ya se hizo millonario.
Onetti


(35) Una nota manuscrita, a lápiz, perteneciente a Mario Benedetti, indica la fecha de redacción de la carta: 27/5/53, seguramente tomando en cuenta el matasellos del sobre, que no tuvimos a la vista. Escrita en papel con el membrete "Editorial Ímpetu. Tacuarí 163-37-7349".
(36) Esta alusión corresponde a los poemas de Raymond Queneau, traducidos del francés por Idea Vilariño: 'Si tu t'imagines' (Si tú te imaginas), 'Tant de suer humaine' (Tanto sudor humano) y 'Le Havre de Grace' (El Havre de Gracia), incluidos en la entrega 20 de Número, Montevideo, julio-setiembre 1952: 258-263, con presentación de Emir Rodríguez Monegal: 256-257.
(37) Alusión a Los adioses.
(38) Por esa fecha Rodríguez Monegal trabaja febrilmente en la preparación de las Obras Completas, de José Enrique Rodó, que se publicarán en ese sello madrileno en 1957.




26/6/53
Amigo Onetti:


Veo que está un poco obsesionado por la capacidad exhumadora del Instituto. No es para tanto. El INIAL ha publicado un solo número de su Revista, y el Director (el poeta R.I.P. (39)) sigue agregando tomos a sus propias obras inéditas. Me estoy convenciendo de que el Instituto ha sido creado para velar por la ineditez de la literatura nacional. Después de todo, acaso sea una manera sutil de conservar el prestigio de nuestras bellas letras. Claro que esto (que es una ironía) no afecta ni a Ud. ni a mí ni a los otros próceres (somos pocos y [sic]) que menciona Emir en su nota del último viernes. (Consultado este crítico sobre la referencia a libros agotados, confiesa haberse atenido a Sueño Realizado.)
En serio, hace tiempo que pensaba escribirle; para ser estricto, desde que Sur publicó 'El álbum'. Empecé a leerlo y tuve miedo del tema; por eso me gustó más, porque lo salva. Además, está muy bien hechito (40), como dice la cartelera cinematográfica de Marcha. ¿Pertenece al género 'cuento' o al género 'capítulo'? Después de 'El Sr Albano', me permito desconfiar, y en la duda, atenti (41) (como dice, con las mejores intenciones, un tarado de mi Oficina). Si es cuento, debe ser su mejor; si es capítulo, no sé. De todos modos, lo he incluido en la antología ideal de cuentos nacionales que nunca editaré porque la modestia me impide incluir los míos. ¿Quién le publica la nov[ela] del Hotel Carena? Verdaderamente, un hotel predestinado.
La nouvelle que NO estaba terminando hace dos años se llama Quién de nosotros y ahora está pronta. Unas 70 páginas a aparecer no se sabe cuándo (42). Aunque allí no hay grandes masas a la espera de mis partos literarios, sepa que estoy trabajando como enano laborioso en un Flaubert que me ha encargado una editorial que, si no se funde antes de tiempo, va a organizar Menafra (43). Terminé -además del Greene aparecido en el N[úmero] Nº 21 (44) - un trabajo sobre cuento-nouvelle-novela, que aparecerá en el N[úmero] Nº 22 (45). El déficit de Número es alarmante, la Biblioteca nos debe cerca de $ 4 000 y no hay síntomas de pago. Por otra parte, los premios del Ministerio se han convertido en algo remoto. Desde que las remuneraciones fueron aumentadas, los jurados y todo el mecanismo responden al grupo Meridión (Manuel de Castro, Juvenal Ortiz Saralegui, Basso Maglio, J. J. Casal, Arsineo (sic) Moratorio, el peruano Abril, Zarrilli (46), etc.) y son premiados casi exclusivamente los meridionales. Tuve oportunidad de leer los fundamentos de votos del último Concurso. Ayay. Ésta debe ser la época más ridícula que han vivido las letras nacionales. Meridión lleva las riendas de AUDE y AUDE tiene a Zavala (47) bajo su prepucio. Fuera ese trust sólo quedan Número y Asir, nada afines por cierto, con sus problemas privados, su difícil supervivencia y su cordial enemistad. Ahora estamos preparando con Emir y Real (48) una entrega especial de Número sobre la situación actual del escritor en el Uruguay. Se dirán algunas verdades tristes y malolientes, otro motivo para que los últimos indecisos nos incluyan en sus primeras maldiciones (49). Limelight ha movido el ambiente de los críticos de cine. El eje Alfaro-Alsina no se pone de acuerdo. A Alfaro le gustó, pero Alsina desparrama su opinión de que le parece un mamarracho. La vi dos veces, no soy crítico, me parece notable. Acaso la anticursilería sea nuestra peste crítica (50). La Comedia Nacional estrenó Peñasco de Alejandro Calipso (la variación pertenece a un speaker local) (51). Otra de griegos, "correcta publicación de Número", aburrida en tres actos. Denis, en cambio, abandonó Grecia y escribe ahora sobre contemporaneidades (52). No hay más chismes. Agrego la nota de Emir que se menciona arriba. Saludos
Benedetti


(39) Se refiere al poeta, profesor y crítico Roberto Ibáñez (Montevideo, 1907-1978), fundador y director del Instituto Nacional de Investigaciones y Archivos Literarios (INIAL), entonces independiente y, más tarde, en 1962, absorbido por la Biblioteca Nacional con el nombre de Departamento de Investigaciones de la Biblioteca Nacional. En ese año Ibáñez fue removido de su cargo. La cruel ironía es evidente: las dos letras iniciales de la invocación fúnebre R.I.P. (Requiescat In Pace) coinciden con las iniciales del aludido. El único número de la Revista del INIAL salió en 1947, bajo la dirección interina de Carlos A. Passos, cuando Ibáñez se encontraba en Europa. Sólo en 1961, éste publicaría otra revista del INIAL, Fuentes, que tampoco pasó del número inicial.
(40) Subrayado por el autor en el original.
(41) Subrayado por el autor en el original. (Sobre 'El señor Albano' véanse notas 9 y 20.)
(42) Quién de nosotros salió por el sello Número a fines de 1953.
(43) Benedetti nunca publicó ese trabajo sobre Flaubert, quizá porque el editor, el crítico y profesor Luis Alberto Menafra, falleció en 1955.
(44 ) 'Arte y artificio en las novelas de Graham Greene', en Número, Montevideo, Año 4, Nº 21, octubre-diciembre 1952: 301-320. Recogido en Sobre artes y oficios. Montevideo, Alfa, 1968 y en posteriores compilaciones.
(45) 'Tres géneros narrativos: cuentos, nouvelle y novela', en Número, Montevideo, Año 5, Nº 22, enero-marzo 1953: 82-92. Recogido en Sobre artes y oficios. Montevideo, Alfa, 1968 y en posteriores compilaciones
(46) Se refiere, en realidad, a Arsinoe Moratorio, así como al escritor peruano Xavier Abril radicado en Uruguay y al poeta Humberto Zarrilli.
(47) Se trata del escritor y político batllista Justino Zavala Muniz (1898-1968) y de la Asociación Uruguaya de Escritores (AUDE), a la cual gran parte de la 'generación del 45' rechazó y combatió, como esta carta lo demuestra.
(48) Emir Rodríguez Monegal y Carlos Real de Azúa.
(49) Igual que el número 'gordo' sobre 'Existencialismo y Literatura', también esta entrega especial fracasó.
(50) Limelight, filme dirigido por Charles Chaplin estrenado en Montevideo en 1952.
(51) Se refiere a la pieza dramática en tres actos Calipso, de Alejandro Peñasco, publicada por Ediciones Número en 1952 y estrenada por la Comedia Nacional en el Teatro Solís en 1953, con la puesta en escena y dirección de E. Acevedo Solano. (Más detalles sobre el estreno de esta pieza en La historia de la Comedia Nacional, Juan María Vanrell Delgado. Montevideo, Intendencia Municipal de Montevideo, 1987: 69.)
(52) Se refiere al dramaturgo, poeta y narrador Carlos Denis Molina (1916-1983).
(53)




Primera mitad de 1954 (54)
Amigo Benedetti:


Hace un tiempo le escribí a Idea e incluía en la carta un mensaje para usted. Hoy me entero de que Idea está en Europa (55); es seguro que no recibió aquella obra maestra del epistolario universal.
El mensaje es éste: Sur decidió publicar una novelita mía llamada Los Adioses. Me pidieron que redactara la solapa y no me gustó hacerlo; terminé por facilitarles material para que la hicieran ellos. Les di, entre tantas exégesis, Un sueño realizado y ve que han usado alguna frase del prólogo escrito por usted. En fin, les dije que usted no se iba a enojar y me creyeron. Trate de no desmentirme (56).
Leí, claro, Quién de nosotros. En el principio fue la puteada porque acababa de escribir otra novelita que según parece tiene que llamarse forzosamente Todos nosotros (57). Y porque acababa de escribir una novela más larga que casi se llama Pie de página y que estaba o está salpicada de notas explicativas. Su novela me parece muy bien escrita y muy bien hecha; no es un defecto pero sí para mí que entre en la categoría de 'intelectual'. Me gusta más el Benedetti que se entrega, que piensa y planea menos; por esto me desconcertó la crítica de Martínez Moreno (58).
Siempre con ganas y esperanzas de darme una vuelta por ahí y charlas de tantas cosas.
Onetti


(53) En papel con el membrete "Editorial Ímpetu. Tacuarí 163-37-7349".
(54) La fecha tentativa responde a la referencia sobre la inminente aparición de Los adioses (véase nota 25) y al comentario de la nota de Martínez Moreno sobre la novela Quién de nosotros, de Mario Benedetti (véase nota 57).
(55) Los adioses está dedicada a Idea Vilariño. Según nos comunicara la poeta en Montevideo, a principios de 1999, Onetti le envió dos ejemplares a Suecia, donde se encontraba acompañando a su hermana. Uno de ellos con algunas correcciones manuscritas que aún no se han incorporado. La colección 'Archivos' de la UNESCO prepara, bajo la dirección de Daniel Balderston, un volumen de novelas cortas de Juan Carlos Onetti, de próxima aparición. El cuidado de la edición de Los adioses me correspondió.
(56) Éste es el texto de la primera solapa de Los adioses, ed. de Sur que, en efecto, sin mencionar fuente, toma algunas frases del prólogo de Benedetti: "Esta novela corta de JUAN CARLOS ONETTI está hermanada con sus obras anteriores: Tierra de nadie, Para esta noche y La vida breve. También aquí reconocemos la misma atmósfera de pasión, la misma exasperada entrega a personajes y situaciones; también aquí, la forzosa incomunicación que padece el protagonista, el desencuentro del ser con su destino y, en última instancia, el fracaso esencial de los vínculos humanos. Pero LOS ADIOSES difiere de las obras mencionadas por ser, ante todo y sobre todo, una historia de amor. Un hombre modesto, instalado en un pueblo de las sierras, nos cuenta en primera persona cómo suceden los hechos. Nos da una versión cruel, agriamente resignada. A través de su relato se va desarrollando la acción del libro, a la manera caprichosa e insegura con que la vida -a veces induciéndonos a error, a veces ayudándonos a comprender mediante sobrecogedoras certidumbres- nos permite enterarnos de las peripecias ajenas-. Narrador y novelista -confundidos en uno solo- sustentan la íntima convicción de que la realidad debe expresarse del modo más fiel posible, con elaborado rigor, es decir, sin apegarse servilmente a ella. Y el trágico desenlace de la novela es algo así como un secreto llamado que nos invita, si no a reconciliarnos, a sobrellevar esforzadamente nuestro destino".
(57) Ni este texto ni el siguiente que menciona se publicaron.
(58) Se trata del artículo 'Quién de nosotros: un libro y una narrativa', Carlos Martínez Moreno, en Marcha, Montevideo, Nº 708, 12 de febrero de 1954. Recogido en Mario Benedetti, variaciones críticas. Edición a cargo de Jorge Ruffinelli. Montevideo, Libros del Astillero, 1974 y en Literatura uruguaya, Carlos Martínez Moreno. Montevideo, Cámara de Senadores, 1994.




18/4/55
Amigo Onetti:


ace un rato largo que debía haberle escrito sobre Los Adioses. De todos modos, le envío aquí una reseña nonata que debió salir en Número. Martín, que estuvo presente, le habrá contado los pormenores. (En Número va una reseña de Emir (59).) Espero estar el 10 de mayo en Buenos Aires y que para esa fecha no queden ya rastros de la puteada. Tengo la santa intención (y he preparado el mamotreto) de ofrecer a alguna editorial argentina un volumen de cuentos. Son 15 o 16, la mayoría inéditos, bajo el título y el tema común de Montevideanos (60). Llevo 7 libros publicados y humildemente debo confesar que estoy podrido de costear mis ediciones.
¿Habrá alguna posibilidad? Le pido que me aconseje hacia dónde convendría rumbear y si vale la pena. Hasta pronto y saludos
Benedetti
(59) La reseña escrita por Mario Benedetti sobre la novela entonces no se publica. Es probable que en los artículos redactados más tarde sobre Onetti haya sido refundida o aprovechada de algún modo. Bajo el título 'Juan Carlos Onetti, una lectura total' véase la reunión, ajustada, de todos los artículos de Benedetti sobre Onetti, en 45 años de ensayos críticos, Mario Benedetti. Montevideo, Cal y Canto, 1994: 134-175 (Recopilación y prólogo de Pablo Rocca). El artículo de Rodríguez Monegal apareció en Número, Año 6, Nº 26, marzo 1955: 107-109. Se trata del texto que reproducimos en esta entrega de 'Los Archivos de la Literatura Uruguaya' (Véase la correspondiente nota al pie del texto).
(60) Primera y única pista, hasta ahora, sobre la fecha de redacción de Montevideanos. El libro, como se indicó en la nota 18, se publicó sólo en 1959, es decir cuatro años después de estar pronto o casi pronto. El volumen incluye un prólogo de Emir Rodríguez Monegal.

Juan Carlos Onetti: EL PERRO TENDRÁ SU DÍA

El perro tendrá su día

Juan Carlos Onetti

Para mi Maestro, Enrico Cicogna

El capataz, descubierto por respeto, le fue pasando mano a mano los pedazos de carne sangrienta al hombre de la galera y la levita. Al fin de la tarde y en silencio. El hombre de la levita hizo un círculo con los brazos encima de la perrera y se alzó en seguida la ráfaga oscura de los cuatro doberman, casi flacos, huesos y tendones, y la ciega ansiedad de los hocicos, los dientes innumerables. El hombre de la levita estuvo un rato viéndolos comer, tragar, mirándolos después pedir más carne.—Bueno —le dijo al capataz—, lo que le ordené. Toda el agua que quieran pero nada de comida. Hoy es jueves. Los suelta el sábado a esta hora más o menos, cuando caiga el sol. Y que todo el mundo se vaya a dormir. El sábado, sordos aunque oigan desde los galpones.—Patrón —asintió el capataz.Ahora el hombre de la levita le pasó al otro billetes color carne sin escucharle las palabras agradecidas. Bajó hacia la frente la galera gris y dijo mirando a los perros. Los cuatro doberman estaban separados por tejidos de alambre; los cuatro doberman eran machos.—Subo a la casa dentro de media hora. Que tengan listo el coche. Voy a la capital. Asuntos. No sé cuántos días estaré allá. Y no olvides. Hay que cambiarle toda la ropa, después. Quema los documentos. La plata es tuya y todo lo que te guste, anillos, gemelos, reloj. Pero no uses nada hasta que hayan pasado meses. Yo te diré cuándo. El dinero es tuyo —reiteró—. A los cajetillas nunca les faltan. Y las manos; no te olvides de las manos.Entonces era bajo y fuerte, vestido con bordados grises, cinturón ancho pesado de esterlinas, poncho oscuro y una corbata negra cuyo color le fue impuesto a los trece años y ya había olvidado por qué y por quién. El facón de plata, a veces, por alarde o adorno y el sombrero con el ala hacia atrás. Sus ojos, como los bigotes, tenían el color del alambre nuevo y la misma rigidez.Miraba sin verdadero odio ni dolor, invariable para los demás como si estuviera seguro de que la vida, la suya, acumularía rutinas plácidas hasta el final. Pero estaba mintiendo. Apoyado en la chimenea veía mintiendo la habitación, las butacas de seda y dorado donde nunca aceptó sentarse, los. muebles de patas retorcidas, con puertas de vidrio, llenos de servicios para té, café y chocolate que tal vez nunca hubieran sido usados. La enorme pajarera con su temeroso estruendo, las curvas del sillón confidente, las bajas mesitas frágiles sin destino conocido. Las gruesas cortinas vinosas suprimían el tranquilo atardecer; sólo existía el bricabrac asfixiante.—Me voy para Buenos Aires —repitió el hombre, como todos los viernes con su voz lenta y grave—. El buque sale a las diez. Negocios, la estafa que me quieren hacer con tus campos del norte.Miraba los dulces, las láminas de jamón, los pequeños quesos triangulares, la mujer manejando la tetera: joven, rubia, siempre pálida, equivocada ahora sobre su futuro inmediato.Miraba al niño de seis años nervioso y enmudecido, más blanco que su madre, siempre vestido por ella con ropas femeninas, excesivas en terciopelos y encajes. No dijo nada porque todo había sido dicho mucho tiempo atrás. La repugnancia de la mujer, el odio creciente del hombre, nacidos en la misma extravagante noche de bodas en que fue engendrado el niño-niña que.se apoyaba ahora boquiabierto en el muslo de su madre mientras enroscaba con dedos inquietos los gruesos bucles amarillos que caían hasta el cuello, hasta el collar de pequeñas medallas benditas.El milord era negro y lustroso y brillaba siempre corno recién barnizado; tenía dos enormes faroles que muchos años después se disputaría la gente rica de Santa María para adornar portales con una bombita eléctrica en lugar de velas. Lo arrastraba un tordillo hecho de plata o estaño. Y el coche no lo había hecho Daglio; fue traído desde Inglaterra.A veces medía con envidia y casi con odio el ímpetu, la juventud ciega de la bestia; otras, imaginaba contagiarse de su salud, de su ignorancia del futuro.Pero tampoco aquel viernes —y menos que nunca aquel viernes— fue a Buenos Aires. Ni siquiera, en realidad, estuvo en Santa María; porque al llegar al principio de Enduro hizo que el tordillo joven que tiraba del birlocho torciera hacia la izquierda y lo arrastrara, haciendo volar terrones por el camino de barro seco que llevaba, atravesando paisajes de pasto quemado y algunos árboles solitarios y siempre distantes, hacia la playa sucia que muchos años después, convertida en balneario, poblada de chalets y comercios, llevaría su nombre, ayudaría en parte ínfima a cumplir su ambición.Más adelante, en una extensión exagerada, el caballo trotó flanqueado por la mansedumbre de los trigales, de las granjas que parecían desiertas, blanqueando tímidas, hundidas en el calor creciente de la tarde.Dejó el coche frente al rancho más grande del rancherío y, sin contestar saludos, alargó diez billetes al hombre oscuro que había salido a recibirlo. Pagaba el pienso de la bestia, el alojamiento en el corral, el secreto, el silencio que ambos sabían mentira.Después caminó hasta la casita nueva y encalada, rodeada de yuyos, casi apoyada en un pino recto y gigantesco, plantado por nadie medio siglo atrás.Por costumbre, imperioso y displicente, golpeó tres veces la puerta frágil con el mango del rebenque. Tal vez también esto formara parte implícita del rito: la mujer silenciosa, acaso ausente, demorándose. El hombre no volvió a llamar. Esperaba inmóvil, bebiendo en el jadeo esta primera cuota del sufrimiento semanal que ella, Josephine, le servía obediente y generosa.Sumisa, la muchacha abrió la puerta, escondiendo el hastío y el asco, que había sido lástima, se desprendió la bata, la dejó caer al suelo y volvió desnuda a la cama.Un viernes lejano, inquieta porque temía a otro hombre, había consultado el relojito: supo así que la operación completa duraba dos horas. El se quitó el saco, lo unió al rebenque y al sombrero y fue colocando todo, ya tembloroso, sobre una silla. Luego se acercó y, como siempre, empezó por los pies de la muchacha, sollozando con su voz ronca, pidiendo perdón con bramidos incomprensibles por una culpa viejísima y sin remisión, mientras la baba caía mojando las uñas pintadas de rojo.Casi en la totalidad de tres días la muchacha lo tuvo de espaldas, enrollando cigarrillos, silencioso, vaciando sin prisa ni borrachera los porrones de ginebra, levantándose para ir al baño o para acercarse rabioso y dócil al suplicio de la cama.Traída por las semillas envueltas en blancos cabellos de seda, volando apoyada sobre el capricho del aire, la noticia llegó a Santa María, a Enduro, a la casita blanca próxima a la costa. Cuando el hombre la recibió —el cuidador del tordillo se animó a rascar la puerta y dio las nuevas desviando los ojos, la boina estrangulada en las grandes manos oscuras —comprendió que, increíblemente, la mujer desnuda y prisionera en la cama ya lo sabía.De pie, afuera, inclinado sobre el murmullo servil y en decadencia, el dueño de los bigotes acerados, del milord, del caballito de plata, de más de la mitad de las tierras del pueblo, habló lentamente y habló demasiado:—Ladrones de fruta. Para ellos tengo los mejores perros, los más asesinos de los perros. No atacan. Defienden. —Miró un instante el cielo impasible, sin sonrisa ni tristeza; sacó más billetes del cinto—. Pero yo no sé nada, no lo olvide. Yo estoy en Buenos Aires.Era mediodía del domingo; pero el hombre no dejó la casita hasta la mañana del lunes. Ahora el caballito se sujetaba al trote, sin necesidad de ser dirigido, rítmico, volviendo a la querencia con un algo de animal mecánico, de juguete de feria.—Un milico —pensó despreocupado el hombre cuando vio, apoyado en la pared, cerca del gran portón negro de hierro, con el ostentoso entrevero doble de una jota con una pe, a un policía joven y aburrido, con un uniforme que había sido azul y de un desaparecido más corpulento y alto.—El primer milico —pensó el hombre casi sonriendo y llenándose, lentamente de un entusiasmo, de un principio dediversión.—Perdone señor —dijo el uniforme, cada vez más joven y tímido a medida que se acercaba, casi un niño al final—. Me dijo el comisario Medina que le pidiera de darse una vuelta por el Destacamento. A voluntad de usted.—Otro milico —murmuró el hombre, enredado en el vaho y el olor del caballo—. Pero usted no tiene la culpa. Dígale a Medina que estoy en mi casa. Todo el día. Si quiere verme.Sacudió apenas las riendas y el animal lo arrastró jubiloso, más allá del jardín y la arboleda, hasta la media luna de tierra seca donde estaban las cocheras.Cabizbajos y diestros, ninguno de los hombres que se acercaron para recibirlo y desensillar habló de la noche del sábado ni de la madrugada del domingo.Petrus no sonreía porque había descargado la burla desde años atrás, y tal vez para siempre, a los bigotes de viruta de acero. Recordaba impreciso su aproximación a la cincuentena; sabía todo lo que le faltaba hacer o intentar en aquel extraño lugar del mundo que aún no figuraba en los mapas; consideraba que no enfrentaría nunca un obstáculo más terco y viscoso que la estupidez y la incomprensión de los demás, de todas las otras con que estaría obligado a tropezar.Y así, por la tarde, cuando el bochorno comenzaba a ceder bajo los árboles, llegó Medina, el comisario, intemporal, pesado e indolente, manejando el primer coche modelo T que logró vender Henry Ford en 1907.El capataz lo saludó haciendo una venia demasiado lenta y exagerada. Medina lo midió con una sonrisa burlona y le dijo suavemente:—Te espero a las siete en el Destacamento, Petrus o no Petrus. Te conviene ir. Te juro que no te va a convenir si me obligas a mandarte buscar.El hombre dejó caer el brazo y aceptó moviendo la cabeza. No estaba intimidado.—El patrón dijo que si usted venía él estaba en la casa.Medina taconeó sobre la tierra reseca y subió la escalera de granito, excesivamente larga y ancha. "Un palacio; el gringo cree vivir en un palacio aquí, en Santa María.”Todas las puertas estaban cerradas al calor. Medina golpeó las manos como advertencia y se introdujo en la gran sala de las vitrinas, los abanicos y las flores. Con un traje distinto al de la mañana pero tan cuidado como si se hubiera vestido para un paseo inminente, ensombrerado, fumando en el único asiento que parecía capaz de soportar el peso de un hombre, Jeremías Petrus dejó en la alfombra el libro que estaba leyendo y alzó dos dedos como saludo y bienvenida.—Siéntese, comisario.—Gracias. La última vez que nos vimos yo me llamabaMedina.—Pero hoy resolví ascenderlo. Ya sé lo que lo trajo.Medina miró dudoso la profusión de butaquitas doradas.—Siéntese en cualquiera —insistió Petrus—. Si la rompe me hace un favor. Y ante todo, ¿qué tomamos? Estoy pasado de ginebra.—No vine a tomar.—Ni tampoco a contarme que en horas de servicio nada de alcohol. Hace meses que no me llegan botellas de Francia. Algún milico estará tomándose mi Moet Chandon en rueda de chinas. Pero tengo un bitter Campari que me parece justopara esta hora.Movió una campanilla y vino el mucamo que estaba escuchando detrás de una cortina. Joven, moreno, el pelo aplastado y grasicnto. Medina lo conocía como carne de reformatorio, como mensajero de putas clandestinas —¿y qué mujer no lo es?—, como ladrón en descuidos. Recordó, buscándole sin triunfo los ojos, la frase ya clásica y deformada: "Te conozco, Mirabelles”. Era cómico verlo con la chaqueta blanca y la corbala de smoking. "Se trajo de Europa juegos de muebles, una esposa, una puta, un cochecito y un potrillo. Pero no consiguió un sirviente exportable; tuvo que buscarlo en el basural de Santa María.”Habían desfilado recuerdos de cosechas perdidas, de cosechas asombrosas, de subidas y caídas de precios de vacunos; habían sido barajados veranos e inviernos lejanos, gastados por el tiempo hasta ser irreales, cuando la botella anunció que sólo quedaban dos vasos del líquido rojo, suave como un agua dulce. Ninguno de los dos hombres había cambiado, ninguno revelaba la burla ni el dominio.—La señora y el chico fueron a Santa María. Tal vez sigan más lejos. Nunca se sabe. Quiero decir que nunca se sabe con las mujeres —dijo Petrus.—Le pido perdón, no le pregunté por la salud de la señora— dijo Medina.—No tiene importancia. Usted no es médico, usted vino porque mis perros se comieron a un ladrón de gallinas.—Perdón, don Jeremías. Vine a molestarlo por dos cosas. Nos llevamos al difunto disfrazado. Sus peones le embarraron la cara y las manos, lo vistieron con la ropa del capataz, le robaron lo que tenía. Anillos; bastó mirarle las marcas en los dedos. Bastó lavarlo para saber que vino limpito y bañado. Se olvidaron del perfume, tan fino y marica como el que usa su señora, Madame. Una trampa torpe hecha por la peonada. Con esto me basta porque ya le conozco el nombre. Es muy posible que usted no sepa quién era y es posible que lo ubique cuando yo quiera decírselo o cuando vea, si quiere molestarse, el expediente en el Destacamento. Los perros le comieron la garganta, las manos, la mitad de la cara. Pero el difunto no vino a robar gallinas. Vino de Buenos Aires y usted no fue a Buenos Aires el viernes.Una pausa mordida por los dos, un miedo compartido.Petrus olía un peligro pero ningún temor. Sus peones habían sido torpes y también él por haber confiado en ellos y en la farsa grotesca.—Medina o comisario. Yo me fui a Buenos Aires el viernes. Casi todos los viernes voy. Pagué mucho dinero para que todos lo juren.—Y todos juraron, don Jeremías. Nadie lo estafó, ni siquiera en un peso. Juraron por el miedo, por la Biblia y por las cenizas de sus putas madres. Aunque no todos eran huérfanos. Pero, sin adular, yo sentí que juraban comprometidos con otra cosa, con algo más que el dinero.—Gracias —dijo Petrus sin mover la cabeza, con una línea burlona empujando los duros bigotes—. Historia terminada, sumario cerrado, yo estaba en Buenos Aires.—Sumario cerrado porque el muerto estaba dentro de su casa, su tierra, su bendita propiedad privada. Y el asesinato no lo hizo usted. Lo hicieron los perros. Probé, don Jeremías. Pero sus perros se niegan a declarar.—Doberman —asintió Petrus—. Raza inteligente. Muy refinados. No hablan con los perros policía.—Gracias. Tal vez no sea por desprecio. Simple discreción. Otra vez: asunto archivado. Pero algunas cosas deben quedar claras. Usted no estaba por aquí la noche del sábado. Usted no estaba, tampoco, en Buenos Aires. Usted no estuvo, no vivió, no fue, de viernes a lunes. Curioso. Una historia sobre un fantasma desaparecido. Eso no lo escribió nadie, nunca, y nadie me lo contó.Entonces Jeremías Petrus abandonó el asiento y quedó de pie, inmóvil, mirando con fijeza la cara de Medina, el látigo inútil colgando de su antebrazo.—Tuve paciencia —dijo lentamente, como si hablara a solas, como si murmurara frente al espejo ampliatorio que usaba para afeitarse por las mañanas—. Todo esto me aburre, me entorpece, me mata el tiempo. Quiero, tengo que hacer tantas cosas que tal vez no puedan caber en la vida de un hombre. Porque en esta tarea estoy solo—. Se interrumpió por minutos en la gran sala poblada de cosas, objetos, nacidos e impuestos de y por la nunca derrotada historia femenina, su voz había sonado, levemente, como plegaria y confesión. Ahora se hizo fría, regresó a la estupidez cotidiana para preguntar sin curiosidad, sin insulto: —¿Cuánto?Medina rió suavemente, matizó su pobre alegría al ambiente de insoportables vitrinas, japonerías, abanicos, dorados, mariposas muertas y sujetas.—¿Dinero? Nada para mí. Si quiere liquidar la hipoteca es cosa ajena, don Jeremías. Es del Banco o de nadie. Me queda el catre del Destacamento. —Hecho —dijo Petrus. —Como quiera. En pago quiero decirle algo que lo molestará tal vez al principio, desde esta noche o mañana, digamos...—A usted nunca le gustó perder el tiempo. A mí tampoco. Tal vez por eso lo aguanté tantos años. Tal vez por eso lo escucho ahora. Hable.—Usted manda. Creí que un poco de prólogo, entre dos caballeros que tienen las manos limpias... El caso es que Ma-muasel Josefina no quiso decir ni escuchar palabra. Perdón, dijo algo así, y una sola vez, como "Se petígarsón”. Un poco lloró. Después desparramó libras arriba de la cama. Están todavía en el Destacamento, junto al sumario, esperando al juez que fue a una cuadrera y tal vez se dé una vuelta por aquí, de paso.—Es justo —dijo Petrus—. Que la hayan escuchado, no importa. Las libras, un poco menos de ciento treinta y siete, tampoco importan y no tienen relación con el asunto.—Otra vez perdón —dijo Medina tratando de endulzar la voz—, menos de la mitad de cien.—Entiendo, siempre hay gastos.—Claro. Y sobre todo en los viajes. Porque Mamuasel estuvo consultando desde el teléfono del ferrocarril. Usted lo conoce al pobre Masiota y sabe cómo trata el pobre Masiota a todas las mujeres, siempre que no sea la suya, claro, como todos sabemos y basta mirarle el ojo izquierdo los lunes después de la borrachera conyugal del sábado. A todas las mujeres menos a la que soporta y a la que tuvo la suerte de encontrarlo semidespierto esta mañana de lunes en la estación, cuando usted reapareció. Le bastó una moneda, una sonrisa, un mesié le chef, para que el tipo le regalara todas las líneas telefónicas, todos los vagones de bolsas y vacas que esperaban en el desvío, todos los infinitos rieles que no sé adonde van, los de la izquierda y los de la derecha.—¿Y? —dijo Petrus interrumpiendo y apurando con un talerazo en sus botas.—Demoraba porque hablé de caballeros. Disculpe. Ya sé que no nos gusta perder el tiempo. Ahí va: Mamuasel debe haber agotado las pilas de nuestro jefe de estación. Pero en una o dos horas consiguió lo que quería. Tren, hotel, barco para Europa. Lo supe hace unos minutos, nunca falta un borracho o un vago en los bancos de la estación.Petrus había estado mordiendo la plata del mango del talero, meditativo, privado de las ganas de golpear, mientras Medina, no seguro ni en descuido, resbalaba el pulgar por el gatillo en la cintura. Sin previo acuerdo los dientes y el pulgar, lentos, prolongaron la pausa; tanto, que no sirvió para esta historia. Al fin habló Petrus; usaba una voz despaciosa y ronca, una voz de mujer acosada por la menopausia. Tenía el orgullo de no preguntar.—Josephine sabía el nombre. Conocía el nombre del ladrón de gallinas y, estoy seguro, mucho más. No veo otra razón para irse.—Puede ser, don Jeremías —silabeó Medina atento a la verticalidad del rebenque—. ¿Por qué se habría ido?Hacía tanto tiempo que Petrus no reía que su boca abierta y negra empezó con un mugido largo y se fue apagando como un ternero perdido.—¿Para qué explicar, comisario? Todas las mujeres son unas putas. Peor que nosotros. Mejor dicho, yeguas. Y ni siquiera verdaderas putas. He conocido algunas ante las cuales me parecía correcto sacarme el sombrero. Eran damas, eran señoras. Pero las de ahora no pasan de putitas, pobres putitas. —Cierto, don Jeremías —reculó ante el recuerdo lejano de la señora Petrus ofreciéndole té y tartas en aquella misma habitación—. Casi todas. Pobres, que no nacieron para otra cosa. Usted pelea para hacer un astillero. Contra todo el mundo. Yo peleo, los sábados para dormir borracho, a veces para enterarme de quién era el dueño de las ovejas robadas. También necesito tiempo para pintar. Pintar el río, pintarlos a ustedes.—Le compré dos cuadros —dijo Petrus—. Dos o tres.—Es cierto, don Jeremías; y los pagó bien. Pero no están en esta sala. Están en el galpón de los peones. Eso no importa. Usted tenía razón en lo que estaba diciendo. Ellas no tienen ni un gramo de cerebro para ser algo más que lo que usted dijo.El rebenque cayó entre las piernas, después al suelo, y Petrus, sentándose, invitó:—¿Y si nos tomáramos otra, comisario?Al salir Medina vio que una de las bestias dormía una siesta larga, protegida del sol. ●

martes, 13 de octubre de 2009

LECTURA DE LAS NARRACIONES DE JUAN CARLOS ONETTI: ALGUNOS RECURSOS


EL PERFIL RIOPLATENSE DE ONETTI


Se ha escrito ya mucho -y no siempre con el necesario equilibrio- sobre el llamado boom de la narrativa latinoamericana. A un grupo inicial se le fueron sumando aquellos autores que poco o nada tenían que ver con la rápida expansión de una literatura que penetró, no sin motivos, más allá de las fronteras naturales de la lengua. No entraremos aquí en el fenómeno -que es mucho más que un simple fenómeno publicitario, político o literario-. No podemos pasar por alto, sin embargo, el hecho de que Juan Carlos Onetti obtuviera, finalmente, un bien merecido, aunque tardío, puesto en la llamada “nueva novela latinoamericana”. Carlos Fuentes [1] en un ensayo que debe ser considerado casi como un verdadero manifiesto del boom, en 1969, aunque alude a dos grandes cuentistas uruguayos, Horacio Quiroga y Felisberto Hernández, sigue ignorando a Juan Carlos Onetti. Hoy, sin embargo, disponemos ya, desde 1970, de una edición de sus Obras Completas, y la difusión de las novelas de Onetti, desde El astillero a Juntacadáveres, en ediciones más o menos asequibles, es un hecho. La obra de Onetti ha sido también objeto de una considerable aunque tardía atención crítica y a ella han dedicado, por ejemplo, una tesis, Ximena Moreno Aliste, [2] publicada desde el Centre de Recherches Latino-Américaines de Poitiers, o la madrileña Cuadernos Hispanoamericanos (diciembre de 1974) un número monográfico especial. Pero el descubrimiento y reconocimiento de la narrativa y del mundo de Juan Carlos Onetti no ha sido fácil, como no es sencillo abarcar en su totalidad el rico contenido de sus ambiguos mensajes.
El lector tiene en sus manos la casi totalidad de los cuentos de Onetti. Cuentos que son narraciones breves, pequeñas novelas o novelas cortas o relatos. El primer cuento publicado por Onetti fue “Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo” (1933), el último aparece aquí por vez primera: “El perro tendrá su día.” Se trata, pues, de una labor que discurre a lo largo de más de cuarenta años. Debe señalarse que tal actividad no ha sido muy prolífica. Publica un cuento cada uno o dos años, con algunos silencios más dilatados: “El posible Baldi” es de 1936 y “Convalecencia”, de 1940; “La casa en la arena” es de 1949 y “El álbum”, de 1953; “Justo el treintaiuno”, de 1964 y “La novia robada”, de 1968. Sin embargo, Onetti regresa siempre al relato breve, por el que, sin duda, siente una notable predilección. Porque el relato tiene en las literaturas argentina y uruguaya una rica presencia. Horacio Quiroga, Felisberto Hernández, Roberto Artl, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar: la simple enumeración nos ahorrará cualquier otro comentario. Entre Borges y Cortázar, entre ambas generaciones, hay que situar la obra de Onetti. La literatura en América Latina ha confundido aquí sus propias raíces con la mejor narrativa extranjera. Los norteamericanos Hemingway y Faulkner, principalmente, pueden ser rastreados en Onetti, pero no es posible aludir a una imitación o una exagerada influencia; del mismo modo puede señalarse la presencia de Henry James, Gide, Céline, Sartre, Joyce o Flaubert.
Los relatos de Onetti no pueden extraerse del conjunto narrativo total del autor. No son escarceos, ni tanteos para una novela larga, ni experimentaciones. En ocasiones pueden ser fragmentos de una de sus novelas que ha cobrado vida propia y se ha independizado, como “La casa en la arena”, que primitivamente formaba parte de La vida breve. Podemos penetrar, por consiguiente, por cualquier ángulo, en el meollo de la obra del narrador y, preferiblemente, a través de éstos, en sus relatos. Hallaremos aquí un mundo coherente y cerrado. En Onetti, en efecto, su mundo narrativo se cierra, constituye una estructura orgánica y, como tal, permanece suficiente en sí misma, relacionada y coherente en cada una de sus partes. Emir Rodríguez Monegal se refiere a Santa María, la ciudad mezcla de Buenos Aires y Montevideo, y a la saga que Onetti ha construido en torno a ella.
[3] Las sagas giran, sin embargo, en torno a la vida de una familia, son la historia de una familia. No hay en la obra de Onetti, en cambio, una trayectoria biológica en el tiempo. El tiempo parece detenido, planea ingrávido por sobre los seres grises, aunque de trágico destino. El mundo de Onetti parece encerrado en una urna de cristal en la que se ha producido una extraña adaptación al vacío. Podemos observar a través de ella la vida que las criaturas desarrollan, aunque dentro de unos límites trazados previamente. En algún sentido la “ciudad” es, en Onetti, el linde para la acción. Una cierta crueldad o frialdad en la descripción de las criaturas es también resultado de este asepticismo deliberado que nos atrae y nos repele a un tiempo. La selva de La Vorágine, de José Eustasio Rivera, ha sido sustituida por la ciudad. La naturaleza virgen, que tanto había gravitado en la generación anterior a Onetti, ha dejado ahora un vacío, por el que discurrirá su significativo mundo. Este queda centrado en el sugestivo laberinto ciudadano; inaccesible, en ocasiones, a los propios personajes. En “Regreso al Sur”, por ejemplo, el protagonista -pese a que aparece desde una perspectiva referencial- establece una especial relación con la ciudad: “Tío Horacio no hizo comentarios, y no parecía haberse enterado de la proximidad nocturna de Perla, cinco cuadras al Sur. Oscar supo que había oído a Walter, porque en los paseos de la noche, cuando salían a tomar un café liviano a alguna parte, comenzó a llegar por Paraná hasta Rivadavia, donde se abría la Plaza del Congreso y hacia donde miraba con curiosidad idéntica noche tras noche; luego doblaba a la izquierda y continuaban conversando por Rivadavia hacia el Este. Casi todas las noches; por Paraná, por Montevideo, por Talcahuano, por Libertad. Sin hablar nunca de aquello, Oscar tuvo que enterarse de que la ciudad y el mundo de tío Horacio terminaban en mojones infranqueables en la calle Rivadavia; y todos los nombres de calles, negocios y lugares del barrio sur fueron suprimidos y muy pronto olvidados.” Buenos Aires con sus calles y avenidas, perfectamente delimitadas, constituyen el único mundo propio del personaje. Simbólicamente, atravesar esta invisible barrera es romper también con normas establecidas a lo largo de un tiempo que se repite en un itinerario idéntico. Es posible aplicar al concepto de la ciudad de Onetti lo que Ricardo Bofill señala respecto a Nueva York: “New York es el mejor ejemplo de cómo se desarrolla la jungla urbana, que es distinta a la jungla natural, y allí aprende el hombre a protegerse, esconderse, a organizar guerrillas, insurrecciones y elementos de desorden; esto es más fácil realizarlo en New York que en cualquier otro tipo de aglomeración urbana.” [4] Tío Horacio se esconde, es decir, se protege también tras el barrio ciudadano. Y prácticamente el barrio encierra cualquier referencia a la vida.
Los protagonistas de la “Historia del Caballero de la Rosa y de la Virgen encinta que vino de Liliput” son expulsados de la ciudad: “Vivían en Las Casuarinas, desterrados de Santa María y del mundo. Pero algunos días, una o dos veces por semana, llegaban a la ciudad de compras en el inseguro Chevrolet de la vieja.” La pareja no es aceptada aquí por la comunidad humana que les rechaza desde su ciudad. Establece Onetti -ya desde su ideal Santa María- dos tipos de ciudadanos. Existen unos, acrisolados y antiguos. Es fácil reconocerlos porque poseen los privilegiados recuerdos del pasado ciudadano. A los nuevos habitantes no merece la pena tomarlos en consideración. Es desde la ciudad -y desde su modesto stablishment - desde donde narra el novelista; es el “nosotros” invisible, pero presente, que abarca la parcialidad narrativa de Onetti, desdoblado aquí en otro “yo” narrador, inmerso en los mismos prejuicios que viene a fustigar utilizando recursos indirectos: “Los pobladores antiguos podíamos evocar entonces la remota y breve existencia del prostíbulo, los paseos que habían dado las mujeres los lunes. A pesar de los años, de las modas y de la demografía, los habitantes de la ciudad continuaban siendo los mismos. Tímidos y engreídos, obligados a juzgar para ayudarse, juzgando siempre por envidia o miedo. Pero el desprecio indeciso con que los habitantes miraban a la pareja que recorría una o dos veces por semana la ciudad barrida y progresista…” Habremos observado el enriquecido análisis de la ciudad, sustrato activo, en el que actúan los principales personajes y, al mismo tiempo, artificio del narrador que partiendo de aquel “nosotros” inicial, con el que compartía los vicios ciudadanos en un cómplice guiño, pasa a otro narrador en tercera persona, no absolutamente desligado del primero. El personaje que finalmente narra, en efecto, va alejándose de la inicial participación, aunque no acaba de desaparecer. Sus opiniones, la narración subjetivo-objetiva, configuran el narrador atento a la psicología colectiva. Porque la ciudad no es sólo un “medio” frío, un “habitat” peculiar del hombre; es también parte de su propia personalidad, es un personaje más, una parte del drama colectivo que transcurre en un determinado lugar, Santa María; es el resultado de la suma de las historias de los personajes que Onetti nunca podrá ofrecernos enteramente. Nos hallamos lejos de las experiencias de Dos Passos, de su intento de abrazar una ciudad con vida y reducirla a materia novelesca y, en todo caso, más cerca del Dublín de Joyce.
Santa María puede ser el nombre mismo de Buenos Aires (Santa María de los Buenos Aires)
[5] o como precisó el propio Onetti “a Santa María la fabriqué como compensación por mi nostalgia de Montevideo”. Lo que va más allá del hecho mismo de la creación de un lugar con historia propia es la participación de la realidad en la elaboración de lo imaginado. Onetti utiliza Buenos Aires y Montevideo y elabora un modelo personal de ciudad. Santa María es real porque es realidad modificada y elevada a símbolo. Los personajes de Onetti no escapan tampoco por completo al símbolo. Son, al tiempo, referencias a un mundo personal del que vamos descubriendo los secretos, las obsesiones, a medida que nos adentramos en él. En este sentido, Onetti es uno de los novelistas latinoamericanos más creadores. La aparición de un personaje es, en él, fundación. Buena parte de sus actos trascienden la anécdota y se refieren a un modelo que el autor ya posee y que poco a poco nos va desvelando. En ocasiones, un hecho nos desvela una zona, nos ilumina el conjunto. El lector ha asistido a los actos de algunos de los personajes sin entenderlos, como se asiste a un ritual. Ya en el límite, se revela de pronto la historia. En este sentido, desde una perspectiva técnica, Onetti debe mucho a la novela policíaca. En “El perro tendrá su día”, por ejemplo, un hombre da de comer a los perros. Hay una violencia latente en la escena que llega a través de signos como “pedazos de carne sangrienta”, “ansiedad de los hocicos”, “dientes innumerables”. Y a esta latente violencia se le añaden otros signos de corrupción: “el hombre de la levita le pasó al otro billetes de color carne sin escucharle las palabras agradecidas”. El paralelismo de la carne ofrecida a los perros y el color carne de los billetes se utiliza para aproximar dos acciones mediante indicios coincidentes. Tales signos lo son a través del lenguaje y a través de un lenguaje aparentemente objetivo, ya que el novelista utiliza un sistema narrativo de tercera persona. Pero este objetivismo nos resulta sólo aparente, ya que viene modificado por el lenguaje. También el tiempo narrativo se modifica mediante la utilización de otros recursos que aproximan la acción al lector: “Ahora el hombre de la levita le pasó al otro…”, contrastado con el “Entonces era bajo y fuerte…” Quizá convendría aquí aludir, por lo menos, al papel de la adjetivación en Onetti. En “Historia del Caballero de la Rosa y de la Virgen encinta que vino de Liliput” nos encontramos ante un momento de exaltación del carácter adjetivo: “El hombre era de muchas maneras y éstas coincidían, inquietas y variables, en el propósito de mantenerlo vivo, sólido, inconfundible. Era joven, delgado, altísimo; era tímido e insolente, dramático y alegre.” Esta exagerada serie de adjetivos, predominantes en la descripción, vienen a mostrar el carácter subjetivo de lo narrado; a través de la sensibilidad del narrador que filtra y acomoda, por consiguiente, el aspecto externo e interno del personaje para elaborar un tipo definido primordialmente mediante el estilo.

El tiempo de los relatos de Onetti es también un recurso que determina el conjunto. El narrador se permite cualquier libertad con él. Y puesto que sabemos que conoce perfectamente la totalidad de la historia, que nos es presentada mediante los signos de esta totalidad, no nos sorprenden las revelaciones sólo parciales. El misterio encerrado en la caja de sorpresas -que son sus relatos- deriva precisamente del efecto de “ocultación”. En “El perro tendrá su día”, por ejemplo, y sólo a través de la descripción elabora Onetti efectos de orden temporal cuyo subrayado por nosotros es ya elocuente. ¿Quién sino el autor domina en su totalidad el efecto temporal? ¿Quién sino él puede pasar del “dijo” al “había sido dicho”?: “Miraba al niño de seis años nervioso y enmudecido, más blanco que su madre, siempre vestido por ella con ropas femeninas excesivas en terciopelos y encajes. No dijo nada porque todo había sido dicho mucho tiempo atrás. La repugnancia de la mujer, el odio creciente del hombre, nacidos en la misma extravagante noche de bodas en que fue engendrado el niño-niña…” Las relaciones amorosas constituyen con frecuencia el centro de la atención de los relatos de Onetti. Tales relaciones son complejas, equívocas y, a menudo, fatales. La oposición amor/odio es permanente. Y en tales historias el tiempo actúa siempre con su fatigoso piquete demoledor. Si en “El perro tendrá su día” el odio aparece ya desde “la extravagante noche de bodas”, en “El infierno tan temido” la mujer le hace llegar fotografías pornográficas en un acto repetido de amor: “Por qué no, llegó a pensar, por qué no aceptar que las fotografías, su trabajosa preparación, su puntual envío, se originaban en el mismo amor, en la misma capacidad de nostalgia, en la misma congénita lealtad.” Este amoroso odio ha sido modificado también por el tiempo: “…iba admitiendo que aquella era la misma mujer desnuda, un poco más gruesa, con cierto aire de aplomo y de haber sentado cabeza, que le hacía llegar fotografías desde Lima, Santiago y Buenos Aires”. Estas fotografías no son sino imágenes que cobran importancia por sus efectos escandalosos en los “otros”. La mujer, consciente de la ajena presencia invisible, intenta destruir al hombre. Pero el hombre no atiende a los efectos de la imagen en los otros. Sólo es sensible en la hija. El tiempo le permite descubrir el secreto a la mujer que, como en buena parte de las narraciones de Onetti, adquiere caracteres destructivos. El tiempo implacable destruye la imagen del amor y pervierte lo femenino. Sólo las adolescentes de las narraciones de Onetti patentizan el atractivo del amor. Las mujeres cuando han atrapado al hombre y comienzan su lenta aniquilación merecen la muerte de “El perro tendrá su día”. Aquí el diálogo entre el comisario y el asesino, al margen del simbolismo moral que encierra, revela la constante que actúa casi como fijación erótica: “Todas las mujeres son unas putas. Peor que nosotros. Mejor dicho, yeguas. Y ni siquiera verdaderas putas.” “Bienvenido, Bob”, “La casa de la desgracia” y “Nueve de Julio”, por ejemplo, coinciden en el deseo del hombre maduro hacia la adolescente. El hombre no busca en ella el amor correspondido; plasma muchas veces una inaprensible imagen, del mismo modo que algunos personajes se imaginan en situaciones ideales: “Habíamos ido de Nueva York a San Francisco -por primera vez, y lo que ella describía me desilusionó por su parecido con un aviso de bebidas en una de las revistas extranjeras que llegan al diario: una reunión en una pieza de hotel, las enormes ventanas sin cortinas abiertas sobre la ciudad de mármol bajo el sol, y la anécdota era casi un plagio de la del hotel Bolívar, en Lima-, acabábamos de “llorar de frío en la costa este y antes de que pasara un día, increíble, nos estábamos bañando en la playa”. Se trata del relato dentro del relato y la fabuladora no queda lejos de la protagonista de Las mil y una noches. También aquí se retiene al hombre no sólo por el amor sino por el poder de la imaginación, canto de sirena en el que “el viaje” juega su más importante función. En “Nueve de Julio”, como expresamente indica Onetti, la adolescente aparece: “rodeada y cargada con la aventura y temía al fracaso como a una herida”. La muchacha encierra un misterio cuyo descubrimiento puede resolverse en la violencia, como le sucede también al narrador de “La cara de la desgracia”, ahora en primera persona: “Deseaba quedarme para siempre en paz junto a la muchacha y cuidar de su vida. La vi fumar con el café, los ojos clavados ahora en la boca lenta del hombre viejo. De pronto me miró como antes en el sendero, con los mismos ojos calmos y desafiantes, acostumbrados a contemplar o suponer el desdén. Con una desesperación inexplicable estuve soportando los ojos de la muchacha, revolviendo los míos contra la cabeza juvenil, larga y noble; escapando del inaprehensible secreto para escarbar en la tormenta nocturna, para conquistar la intensidad del cielo y derramarla, imponerla en aquel rostro de niña que me observaba inmóvil e inexpresivo. El rostro que dejaba fluir, sin propósito, sin saberlo, contra mi cara seria y gastada de hombre, la dulzura y la humildad adolescente de las mejillas violáceas y pecosas.” El demonio que se encierra en la mente del hombre maduro altera la realidad. El yo que narra es también el yo que puede llegar al crimen; pero la adolescente es un resumen de lo que puede desearse en un amor, en el que la mujer actúa pasivamente, deformada imagen del protagonista que observa. Sólo al final del relato sabremos de la sordera de la joven. Es un defecto físico invisible quien confiere mayor misterio a la atención de la joven hacia el hablante, falsa imagen que perturba al narrador. El mismo tema de la adolescente asesinada había sido ya tratado en otro cuento anterior, “La larga historia”, de 1944. La coincidencia y algunos fragmentos idénticos, revelan la perduración de temas en los cuentos de Onetti.
En “el álbum”, los papeles se truecan y es ahora el “yo” adolescente, el narrador; y la mujer, quien encierra todas las experiencias. La “aparición” de la mujer mantiene, también aquí, el necesario misterio que modifica una realidad aparentemente banal. Se nos presenta de forma indirecta: “Hace una semana que está en el hotel, el Plaza; vino sola, dicen que cargada de baúles. Pero toda la mañana y la tarde se las pasa con esta valijita ida y vuelta por el muelle, a toda hora, a las horas en que no llegan ni salen balsas ni lanchas.” Una vez más Onetti recurre al sistema de desvelar sólo parcialmente lo que sabe. Y a recorrer un tiempo del que es el único dueño y señor: “Pero todo esto es un prólogo, porque la verdadera historia sólo empezó una semana después” y aún más adelante: “La verdadera historia empezó un anochecer helado, cuando oíamos llover y cada uno estaba inmóvil y encogido, olvidado del otro.” No se produce tampoco aquí la casi imposible comunicación amorosa. El amor es solamente un deseo. Y la auténtica comunicación entre los personajes es, como antes señalamos, la imaginación compartida; es, también, la “incitación al viaje”. El adolescente busca en la mujer madura no el placer, sino una experiencia de la vida. Ella significa la huida sin peligros y, fundamentalmente, la libertad. Con su desaparición el mundo imaginado se tambalea. Era necesario comprobar su existencia real o una reconfortante realidad que le viene de revolver en su baúl, de “un álbum con tapas de cuero y las iniciales C.M.” Así se justifica al fin la historia y recobra su validez, puesta poco antes en entredicho. No hay en la narración el “dolorido sentir” por la pérdida amorosa. Al fin y al cabo, el autorretrato del narrador nos permite dramatizar una situación dada su cínica filosofía vital: “mientras me vestía, me acomodaba la boina y trataba de reorganizar rápidamente mi confianza en la imbecilidad del mundo, le perdoné el fracaso, estuve trabajando en un estilo de perdón que reflejara mi turbulenta experiencia, mi hastiada madurez”.
El “yo” que narra puede también ser culpable. Y puede serlo, principalmente, por una cierta falta de experiencia o por la crueldad e indiferencia hacia el dolor ajeno. El adolescente de “El álbum” pasa a convertirse en un ser culpable en “Esbjerg, en la costa”. Nuevamente aquí la “invitación al viaje” viene de la mano de otra mujer, “engordada en la ciudad y el ocio”. Un hecho desencadenante, la nostalgia de Kirsten por Dinamarca, será el débil hilo conductor de la narración. Pero interviene la capacidad fabuladora de Onetti que sitúa en un primer plano la relación entre el narrador y el marido de Kirsten. Esta aparece nuevamente como “muy corpulenta, disputándole la cama sin saberlo”, o también “Kirsten es gorda, pesada y debe tener una piel muy hermosa”. Elementos de un realismo poco acorde con la pasión que puede despertar tradicionalmente la figura literaria de la mujer configuran el acto de Montes, el marido corredor de apuestas. Pero conviene poner de relieve la relación que se establece entre el narrador y Montes: “Lo insulté hasta que no pude encontrar nuevas palabras, y usé todas las maneras de humillarlo que se me ocurrieron hasta que quedó indudable que él era un pobre hombre, un sucio amigo, un canalla y un ladrón; y también resultó indudable que él estaba de acuerdo, que no tenía inconvenientes en reconocerlo delante de cualquiera si alguna vez tenía yo el capricho de ordenarle hacerlo. Y también desde aquel lunes quedó establecido que cada vez que yo insinuara que él era un canalla, indirectamente, mezclando la alusión en cualquier charla, estando nosotros en cualquier circunstancia, él habría de comprender al instante el sentimiento de mis palabras y hacerme saber con una sonrisa corta, moviendo apenas hacia un lado el bigote, que me había entendido y que yo tenía razón. No lo convinimos con palabras, pero así sucede desde entonces.” Se establece así una relación característica de humillación de carácter durativo. No es una sola humillación, un acto; sino un estado continuado. De esta forma se refuerza la culpabilidad del “yo” narrador, ya que, aun estando en principio de acuerdo con la culpabilidad de Montes (sin conocer las verdaderas razones que le llevaron a cometerlo, es decir, sin conocer la historia), el hecho no deja de ser despreciable en sí mismo. Pero la condena moral aumenta al analizar el narrador las motivaciones de Montes y al aparecer junto a él la figura nada idealizada de una Kirsten vencida por la nostalgia de su país, por sus propios orígenes. Entre Montes y Kirsten, sin embargo, tampoco se establecen auténticas relaciones de comprensión. Seres aislados, viven sus personales historias sin quejas. Montes la acompaña hasta el muelle y, desde allí, observan los buques que ella no llegará a tomar: “miran hasta que no pueden más, cada uno pensando en cosas tan distintas y escondidas, pero de acuerdo, sin saberlo, en la desesperanza y en la sensación de que cada uno está solo, que siempre resulta asombrosa cuando nos ponemos a pensar”. La narración en tercera persona ha ido desapareciendo (tras sustituir el “yo” culpable) para llegar al significativo final. No se disimula la presencia del autor, no sólo omnisciente, sino intérprete de una realidad construida y tejida de inmoralidades. E! lector no puede tampoco aceptar sin inquietud ni la injusticia del “yo” narrador, ni la que la sociedad establece al no permitir que Kirsten retorne al paisaje natal (al mundo de la infancia), ni la falta de comunicación que impide construir una racional coexistencia en la pareja. Lo negativo -una realidad de carencias- permanece en la narración por encima de cualquier circunstancia. No podemos dejar de compartir con el autor la última conclusión de orden moral emparentada con la literatura existencial: la soledad de todos.
La aparición del narrador se acentúa en “Matías el telegrafista” y es el propio Onetti quien nos define una vez más el sentido último de lo narrado: “Para mí, ya lo saben, los hechos desnudos no significan nada. Lo que importa es lo que contienen o lo que cargan; y después averiguar qué hay detrás de esto y detrás hasta el fondo definitivo que no tocaremos nunca.” Con estas palabras, en efecto, se resumen los propósitos narrativos de Juan Carlos Onetti. Su sistema, en los cuentos y en las novelas, consistirá en ofrecernos un viaje a los últimos significados de las acciones de aquellos personajes que crea. En él, las acciones, las referencias, los signos, alcanzarán otra dimensión, mucho más profunda que en cualquier otro de los novelistas latinoamericanos contemporáneos. Al partir de una psicología trascendentalizada, se alcanzará, en una estructura referencial, el último significado moral que nada tiene que ver con el moralismo. La literatura de Onetti permite siempre una lectura a diversos niveles, que depende básicamente del conocimiento de su obra total. ¿Cómo justificar este mundo desolado, nostálgico, triste como el tango, deshonesto y vacío? Onetti nos alcanza su verdad. En el cuento antes citado indica: “No mentiría; pero la mejor verdad está en lo que cuento aunque, tantas veces, mi relato haya sido desdeñado por anacronismos supuestos.” Esta verdad es también la nuestra a través de la magia del relato y del lenguaje. Admitimos la ficción del narrador y admitimos, con ella, cualquier otro recurso noblemente utilizado. La literatura es un engaño. Pero imperdonable engaño sería que no fuera lo que debe ser. Nada en el mundo de Onetti, sin embargo, traiciona la esencialidad de sus relatos. Y, por ello, podemos no estar de acuerdo con su moral o su filosofía, aunque somos también incapaces de superarlos, de demostrar su inviabilidad en el mundo que el narrador nos ha transmitido. Lo que así se establece es la máxima prueba a que puede someterse un novelista. La justificación de Onetti es los relatos de Onetti: “Nadie, nadie puede saber cómo ni por qué empezó esta historia”, escribe en “Tan triste como ella”. Y añadirá más adelante en un monólogo incrustado cara al público: “En cuanto al narrador, sólo está autorizado a intentar cálculos en el tiempo. Puede reiterar en las madrugadas, en vano, un nombre prohibido de mujer. Puede rogar explicaciones, le está permitido fracasar y limpiarse lágrimas, mocos y blasfemias.” Pero no hay fracasos en los mejores relatos de Onetti, en “Bienvenido, Bob”, en “Jacob y el otro” o en los demás que hemos citado. Sus personajes despiden, dentro de la oscuridad en que se hallan sumidos, una extraña luz. Y esta luz les viene dada por la creación, los recursos del arte de uno de los mejores narradores contemporáneos de lengua española: Juan Carlos Onetti.
Joaquín Marco

UNA TEORÍA DE LA NARRACIÓN EN MOROSOLI

UNA TEORÍA DE LA NARRACIÓN EN MOROSOLI

Ruben Tani y María Gracia Núñez

(En Narrativa rural en la región entre los años veinte y cincuenta, Montevideo, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, 2002, pp. 47-54)

Tomado de LITERATURA — URUGUAY, monumental archivo histórico literario dirigido por Carlos Echinope

Si bien la obra narrativa del escritor minuano Juan José Morosoli (1889-1957) ha generado innumerables trabajos críticos. Más que un análisis de la recepción y valoración de su producción narrativa, este trabajo se centrará en una serie de conferencias dictadas entre 1940 y 1945 que presentan carácter decididamente teórico. Tales ensayos fueron compilados por Heber Raviolo en 1971 bajo el título de La soledad y la creación literaria.
En 1940 Morosoli publica en el semanario "Marcha" dos artículos de carácter no ficcional: "La cansera del hombre de campo" y "El siete oficios". Se ha establecido una distancia entre Morosoli narrador y Morosoli crítico –en beneficio del primero. Por ejemplo, cuando Arturo Sergio Visca y Mario Benedetti escriben en la revista "Número" (1951) a propósito de este escritor minuano, en ningún momento se refieren a estos artículos publicados diez años atrás. Más allá del ejemplo, teniendo en cuenta que Morosoli es uno de los autores canónicos de la literatura uruguaya y que su nombre figura en los programas de Literatura de Enseñanza Media, resulta llamativo que los literatos no examinaran ni valoraran los importantes aportes de Morosoli a la creación literaria.
Técnica y escritura
Los escritos morosolianos pueden reunirse en tres grupos, considerando tres preocupaciones centrales: (a) la narrativa como género, (b) la geografía como tema y (c) la escritura como técnica. Esta última alude simultáneamente a la conflictiva relación de la realidad con la representación estética y al papel de la escritura como técnica de representación de la realidad.
Se ha afirmado que sus cuentos tienen una estructura de guión cinematográfico. En el Prólogo de «Cuentos Escogidos» Raviolo sostiene que es Roberto Ibáñez quien ha notado el uso de un "diálogo mixto", el que consiste en (1) intercalar secuencias narrativas con el fin de resumir algunas partes y (2) empleo del "diálogo presupuesto" con un interlocutor indeterminado; en este sentido, Raviolo señala la "indeterminación de la voz del narrador". En nuestra opinión, el diálogo le permite el tratamiento de categorías tales como objetividad y subjetividad en el contexto de la narración. Esto sucede, entre otras cosas, porque los personajes utilizan sociolectos, registros lingüísticos que cumplen la función de aproximar al lector a la realidad representada. La transcripción de la oralidad supone un efecto mimético y una opción estilística, cuestión que se hace evidente en el siguiente diálogo de "Andrada" («Hombres» [ 1932] ):
Un día Acuña no pudo más.
-Compañero- le dijo-, tengo ganas de dejar la sociedá de la pieza...
Andrada le contestó sin mirarlo siquiera:
-La pieza no la tenemo comprada...
Acuña no se conformó y siguió:
-Yo no tengo queja... ¡Pero usté estan cayao!...
Y le dijo Acuña, además, que a veces ni siquiera contestaba a las preguntas de él. Parecía que no lo oyera...
-Hay conversaciones que no se pueden seguir así...
Tenía razón Acuña. Andrada no lo oía. Sabía que el otro le estaba hablando a él. Pero su atención estaba muy lejos. Perdida en nada.
-¿Vos podés creer?... ¡En nada!
-Esto me pasó con Acuña, terminaba. (Morosoli, 1971:33).
La génesis del cuento, a medio camino entre la oralidad y la escritura, es formulada por el autor en los siguientes términos: "Leí a los buenos autores del género y me convencí de la enormidad de mi ambición, pero un día escuchando a un hombre del campo que ignoraba todo lo que se puede ignorar y que sin embargo asombraba a los que oíamos con la fuerza de sus relatos y narraciones comprendí que la forma ideal de relatar, contar o narrar estaba en aprovechar aquello que era verdad y que bastaba con no olvidar aquello que se ceñía al asunto como la carne al hueso para ser justamente objetivo." (Morosoli, 1971:102).
Opciones estilísticas
Toda tarea de interpretación debe relacionarse con cierto contexto de discusión, esto es, con un conjunto de lecturas y referencias históricas. De este modo, se vuelve necesario recordar la polémica a propósito de la "nueva narrativa rural". Morosoli no se mantiene ajeno a esta polémica, en la que participan la mayoría de los críticos literarios de la época. Es cierto que no menciona a ningún autor concreto y que elude referirse a círculos intelectuales, pero no es menos cierto que hay una crítica, a ciertos "escritores del campo" que no viven en él (Morosoli, 1971:16), quienes escriben "desde un título académico o profesional" desde la capital (Morosoli, 1971:64). En este sentido, puede afirmarse que la búsqueda estética de Morosoli significa un procedimiento coherente con las premisas referidas a la representación artística y a su concepción de la escritura como técnica. Examinando el problema subyacente a las definiciones convencionales Morosoli escribe: "Realismo es otra cosa que negación del ideal. Sin entrar a la discusión entre lo real y lo ideal debemos decir que muchas veces no son antónimos, sino sinónimos." (Morosoli, 1971:90) Defendió el "regionalismo" y el "realismo expresivo" como sustentos de su opción estilística. No entendió el realismo como una serie de fórmulas estáticas y universales que condicionan la labor creativa y determinan la excelencia o el mal gusto de la obra en cuestión. Morosoli conoce la preceptiva del realismo artístico y de la novela de masas; comenta y analiza algunas obras de Lenin, Gorki y Silone, entre otros autores. Pero, en su caso, la estrategia literaria no será militante. En las novelas de E. Zola, por ejemplo, los personajes generalmente son conscientes de su propia miseria, y se trata de una conciencia colectiva, por este motivo, se rebelan para revertir su situación de víctimas o explotados. Si se tratara de comparar los personajes de Zola con los personajes morosolianos, debería decirse que son opuestos, en el sentido de que los últimos carecen de conciencia de clase e ignoran la posibilidad de modificar su destino. Esto queda completamente justificado cuando Morosoli explica: "Tan ridículo como representar por verdadero el cuadro de la estancia cimarrona es crear el falso problema de una lucha de clases campesinas [...] como ocurre en otras partes de la novela americana". (Morosoli, 1971:74) La "lucha de clases" es un concepto exótico para el carbonero de corte y quema, que vive en "la edad de piedra de la producción" (Morosoli, 1971:42) y también para otros "proletarios trashumantes" (Morosoli, 1971:74), personajes circunscritos a la supervivencia individual, como los que presentan los relatos de Morosoli. Cuando los teóricos de la literatura reducen la narrativa al realismo y a la anécdota, se empeñan en impedir la superación del colonialismo artístico al que históricamente se había visto sometida: "Asombra que quienes temen los colonialismos –políticos, económicos, etc.- no adviertan que con esta posición que han tomado frente a nuestra literatura, disminuyéndola, ignorándola, comparándola –mientras exaltan las foráneas- caen en la peor forma de colonialismo, que es el del arte. La obra de nuestros narradores –se dice- no traspone los límites del realismo y la anécdota." (Morosoli, 1971:86)
Es interesante destacar las coincidencias que existen entre Carlos Roxlo y Morosoli a propósito del cuento y de ciertos principios teóricos. Comentando la narrativa de Javier de Viana, Roxlo escribe: "[...] en tanto que la historia se ocupa de los guías y de los capitanes, la novela y el cuento van almacenando los pormenores de la existencia de los humildes, de los oscuros, de los anónimos, de la gran multitud..." (Morosoli, 1971:108) Refiriéndose a la obra de otro escritor nacional, Roxlo se pregunta "¿No es mejor ser fotógrafo de la vida, de la vida vivida por nuestra mente y nuestros sentidos, que adulterar la vida del campo de hoy o revivir la vida del campo que fue?" (Roxlo, 1915:616). El proyecto de Morosoli consiste en superar el anacronismo de la épica gauchesca de Acevedo Díaz, la temática de Reyles y la estancia cimarrona de Javier de Viana. En su opinión, se trata de representar "el gran personaje cósmico" (Morosoli, 1971:74), "el proletariado rural y trashumante" (Morosoli, 1971:74). Ahora, el tema regional consiste en un "proceso socio-cultural real" (Morosoli, 1971:91) que debe ser documentado como objeto o motivo literario porque, en caso contrario, desaparecería sin dejar rastros. Así, el gaucho rebelde y la estancia cimarrona, ceden espacio a un dramático personaje neorrealista que habita en los suburbios a mitad de camino entre la ciudad y el campo, documentando un tiempo en disolución.
Los nuevos medios técnicos de representación son objeto de valoración a la hora de aportar a la descripción del paisaje y a la sucesión de hechos en los que participan los personajes. Morosoli menciona varias veces en forma explícita a la técnica cinematográfica, reconociendo la existencia de esta nueva técnica de narrar, para proponerse a sí mismo un desafío estético a resolver mediante el recurso técnico de la escritura. Afirma: "La cinematografía –que es también movimiento- sería el instrumento capaz de interpretarlo." (Morosoli, 1971:46) Ocurre exactamente lo contrario con la imagen fotográfica "donde el asunto está sólo apresado con un frío de máquina." (Morosoli, 1971:89) Pese a esto, y contemporáneo al arte en la época de su reproducción mecánica -como lo había denominado Benjamin en los años 1934 y 1935-, Morosoli defiende su "falta de técnica" (Morosoli, 1971:65) y afirma "que el valor puramente artístico o literario de mis páginas es negativo" (Morosoli, 1971:101) La técnica consiste en la no-técnica y el autor reconoce que "los elementos sustanciales de la creación han sufrido cambios radicales" y es conciente de que "el paisaje ha dejado de ser un catálogo de la flora".(Morosoli, 1971:64)
Según Morosoli, la descripción etnográfica es uno de los elementos al servicio de la ficción narrativa. En sus ensayos, al analizar sus narraciones y explicar algunas de sus preferencias temáticas relativas al paisaje regional y a sus personajes -la rezadora, los albañiles, los trashumantes, etc.-, destaca la incidencia de la descripción etnográfica en la técnica de la construcción narrativa. En "La novela de masas" formula su interés en la construcción de un friso donde se logre distinguir el carácter desvalido de un anti-héroe distanciado de la tradicional mitología gauchesca. La representación estética, esto es, la dinámica convencional del género narrativo, está vinculada, en la narrativa, con la geografía y con la economía regional. En este sentido, la propia técnica se convierte en objeto de descripción didáctica. En "Como escribo mis cuentos" (Morosoli, 1971:97) se refiere a la "arquitectura de esqueleto" (Morosoli, 1971:89) de sus "relatos documentales" (Morosoli, 1971:91), a las historias donde "el escenario es la nada." (Morosoli, 1971:59) Morosoli aprecia esta destreza en el manejo de la técnica en otros artistas. Por ejemplo, admira la representación del silencio que Fabini logra en su música, la pintura no academicista de Figari y la representación de la realidad dinámica que permiten los avances de las técnicas cinematográficas.
El tiempo detenido
Si narrar consiste en referir una sucesión de hechos ocurridos en un espacio y en un tiempo, en los relatos de Morosoli, tiempo y espacio son categorías definidas por su estatismo. Mario Benedetti, que repara en este particular procedimiento narrativo, recuerda que en 1942 Francisco Espínola había escrito que Morosoli "no deja correr el tiempo, lo detiene; cuando éste recobra su curso, es ya el fin. Tal el secreto del extraño carácter de sus narraciones, que tienen más todavía de la escultura que de la pintura." (Benedetti, 1969:73-74) El autor minuano reconoce que existe un problema externo a la creación artística, ya la literatura ha comenzado a convivir con otros modos y medios de narrar y representar. De este modo, en su obra, la anécdota, el tema y la ideología refieren al contexto de producción, y el género y la técnica de la escritura escogida forman una combinación que el autor denomina "dinámica de la forma", noción con la que se refiere a la coordinación de los elementos en el relato.
J. Tinianov explica en 1923 el principio de construcción: "La unidad de la obra no es una entidad simétrica y cerrada sino una integridad dinámica que tiene su propio desarrollo; sus elementos no están ligados por un signo de igualdad y adición sino por un signo dinámico de correlación e integración." (Tinianov, 1997:87). Si se considera que en los relatos de Morosoli el tiempo está detenido, ¿cómo puede entenderse la "dinámica de la forma"? Los formalistas rusos la entendían como un movimiento que se produce fuera del tiempo, por lo cual "no estamos obligados a introducir la dimensión temporal en el concepto de evolución." (Tinianov, 1997:88) En los ensayos de Morosoli se genera una sólida relación entre la forma narrativa, su dinámica y la subjetividad proyectada, por lo que cabe preguntarse en qué consiste esa función de irradiación que se produce desde "dentro de la forma" (Morosoli, 1971:90) y que luego se manifiesta en la creación artística.
Por otra parte, si "lo objetivo incluye lo subjetivo", creer con certeza en la existencia de una sola realidad se torna una creencia débil considerando que "cada uno tiene su realidad en pensamiento y en forma de sentir." (Morosoli, 1971:91). Al situar el sujeto-tema donde el hecho mismo acontece, subjetividad y objetividad confluyen. El autor explica: "No trabajo sobre la página. Cuando mi sensibilidad es herida por el hecho o el hombre, fijo enseguida el suceso y ya está logrado mi fin." (Morosoli, 1971:102) De este modo, la creación literaria supone la confluencia de verdad, subjetividad y proyección interior, y esto sucede porque de la escritura "documental" surge la proyección que irradia la representación verosímil de los sucesos exteriores. (Morosoli, 1971:77)
Estas reflexiones de carácter estético pueden comprenderse en su dimensión si se las vincula a las propuestas de los movimientos de vanguardia de principios del siglo XX, que se planteaban, por ejemplo, el carácter de la relación entre forma y expresión de lo interior, la postulación de realidades divergentes referidas al mismo objeto, etc. En La pintura como arte puro, un ensayo que Kandinsky publicó en Der Sturm en 1913, reflexionando sobre los elementos que constituyen la obra de arte, escribe: "La obra es pues la fusión inevitable e indisoluble del elemento interior y del elemento exterior, es decir, del contenido y de la forma". ¿Cómo define la forma el expresionista que basó su creación pictórica en amplios conocimientos teóricos? En Der Blaue Reiter precisa: "La forma es la expresión exterior de contenido interior [...] y como el contenido difiere según los artistas, es evidente que pueden existir en la misma época muchas formas diferentes que son igualmente buenas. La necesidad crea la forma." (Kandinsky, 1979:145). Según Kandinsky "el reflejo de ese elemento temporal es lo que se llama el estilo de una obra" (Kandinsky, 1979:146). En el expresionismo, el principio estético se ve reducido a la mínima expresión, por lo que suele "reconocerse como el elemento abstracto más vigoroso." (Kandinsky, 1979:152).
Crear una técnica particular, es decir, no susceptible de ser reconocida como tal, por el hecho de no delatar antecedentes, equivale a la carencia de técnica. Morosoli sostiene: "la técnica es posterior a la creación" (Morosoli, 1971:77). Y de la misma opinión es Robbe-Grillet, quien en 1963 afirma: "Cada novelista, cada novela, debe inventar su propia forma. No existe ninguna receta que pueda reemplazar a esta continua reflexión. El libro se crea él mismo sus propias reglas". Lo cierto es que puede reconocerse una sostenida coherencia en la narrativa minimalista del autor minuano: el tratamiento del tema campesino, la estructura de "esqueleto" del relato y la sostenida decisión de documentar la "nada". En el caso de que esta se constituya en el tema principal a representar, será la escritura -como significante- el único lugar que admitirá su registro. En el relato, la descripción y el encadenamiento de los hechos indican elecciones y adopciones relativas -entre otras cosas- a convenciones literarias. Una vez definido el escenario, el personaje y el suceso a narrar, Morosoli se pregunta "¿Cómo se registran?" (Morosoli, 1971:65). Sólo si la escritura forma parte de la representación puede explicarse el tema del tiempo "detenido" y la expresión de una anécdota no siempre lineal. Recuérdese, por ejemplo, la antes mencionada observación a propósito de la indeterminación de la voz narrativa. (Morosoli, 1971:26)
La expresión "nouveau roman" comenzó a emplearse en París a finales de la década de los ’50 para designar a un conjunto de novelas que evidenciaban sus diferencias respecto a la narrativa precedente. En 1963, Alain Robbe-Grillet –en Pour un nouveau roman– fundamentó teóricamente los principios de esta novelística. Críticos como Barthes, Genette y Picon advirtieron el surgimiento de la "antinovela" que, llevando al límite los recursos del monólogo interior, promovía la expansión de la conciencia y el subjetivismo. Pero, según Robbe-Grillet, se trataba de una literatura puramente objetiva en la cual la intervención del autor se reduce al mínimo, lo que permite la expresión fluctuante y variable de impresiones y vivencias atribuidas a la subjetividad del personaje.
El esfuerzo morosoliano por representar el "tiempo detenido" puede compararse a las dificultades de la narrativa de la narrativa expresionista por la "lógica argumental": "... en el proceso épico, las ideas no pueden exteriorizarse, en rigor, sino sobre la base de una narración expuesta con alguna ilación lógica. Mas, de esta última se priva el narrador expresionista en su teoría y en muchos de sus experimentos que ya han caído en el olvido. Solo en contados casos se sustituye la lógica argumental por un sistema metafórico, enigmático en sí, pero construido con lógica intrínseca, como sucede, por ejemplo, en el caso de Kafka". (Brugger, 1968:49-50).
Aceptar la existencia de múltiples realidades estéticas supone el abandono de una orientación estilística impuesta por la temática de la narrativa rural. Morosoli lee y analiza diversidad de autores y corrientes artísticas (anteriores y contemporáneas), y por fin, defiende abiertamente una narrativa minimalista decidida a mostrar –sin decir- lo que se encuentra debajo de las superficies: personajes trágicamente anárquicos y no héroes sociales, hechos mínimos y no extraordinarios sucesos, simultaneidad de tiempo y espacio y no-sucesión lógica: "... sé muy bien que esos hombres que intento revelar –por un fatalismo que sin duda terminará cuando ellos tengan conciencia de su rol- no muestran por sí mismos las dimensiones de su espíritu." (Morosoli, 1971:75).
Lo cierto es que, ni la justificación de la génesis del arte abstracto formulada por Kandinsky ni la pretensión objetivista de Robbe-Grillet al atribuir al narrador la función del cineasta (limitado a captar imágenes) supone una conceptualización más elaborada que las expuestas en La soledad y la creación literaria.
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