lunes, 23 de agosto de 2010


LO CELESTE



Por ELEUTERIO FERNANDEZ HUIDOBRO |*|

 Ya tomada alguna distancia de las muy fuertes emociones vividas en oportunidad del Mundial, se puede intentar ver el fenómeno social ocasionado por el deporte. Much@s lo están haciendo y vamos a tratar de aportar un poquito.
No se puede eludir un dato básico: sea por la causa que sea, la población de nuestro país trae, tal vez de épocas remotas, una señalada vocación deportiva y, más en general (para cuando el deporte casi no existía), lúdica.
Así lo señalaron, y no sin curiosidad, lejanos cronistas e historiadores tanto nacionales como extranjeros, respecto por ejemplo al gaucho, la timba, la guitarra y el caballo. Aunque también, y desgraciadamente, respecto a las interminables guerras civiles del siglo XIX.
El caballo, que fuera centro de una cultura y hasta de una civilización, tuvo a nuestro parecer mucho que ver en esa característica no muy abundante en el mundo. Porque no olvidemos que ser caballero implicaba, en otros países, ser muy rico.
Mientras que en nuestras praderas fue, hasta entrado el siglo XX, asunto también de pobres y de marginados. Y cosa vital.
Las praderas vírgenes y sin alambrados, hospitalarias para hombres y bestias, dieron de sí, casi espontáneamente, vacas, caballos y perros cimarrones. Los dos últimos declarados, en ciertos momentos, plaga. ¡Plaga de caballadas!
Dejando estos pensamientos básicos, no cabe duda acerca del papel que el deporte (y no sólo el fútbol) cumplió y cumple en nuestra sociedad.
Se ha dicho por estos días que por suerte varias generaciones nuevas han podido presenciar lo que siempre les contaron como una leyenda perdida.
Pero es más: no han podido todavía vivir momentos parecidos en el ciclismo, el atletismo, el boxeo, el básquet, y otros deportes (incluidos el golf, el turf, el automovilismo, el remo, la vela, etcétera) que, para los que peinamos canas, también fueron hitos imborrables de nuestra juventud.
Cuando siendo niño murió Supicci Cedes, lloré tres días... Tras todo eso, iban y también venían, los valores que nos definían.
El deporte, como hecho social de carácter mundial, fue cobrando en el siglo XX y lo que va de este, importancia y envergadura cada vez mayor en materia de civilización y cultura.
Se dice, y hasta con asombro, que en el extranjero a Uruguay se lo conoce mucho más por el fútbol y por sus futbolistas, que por otras cosas.
Como si ello fuera "raro".
Basta ver el despliegue publicitario que se mueve en torno a TODAS las expresiones deportivas para saber que a las grandes empresas transnacionales también se las conoce, o empieza a conocer según el caso, por lo mismo. Ni qué mencionar el uso político bueno y malo que se hizo de ello. Recordar las Olimpíadas de Berlín poco antes de la II Guerra Mundial, las de Munich, el boicot a las de Moscú ya más acá en el tiempo, etcétera.
Este Mundial también lo contuvo: fue hecho ex profeso en Sudáfrica para ayudar a consolidar un proceso de integración en marcha en un lugar donde se cometió una de las más grandes atrocidades de la que se tenga memoria y que por ello fuera excluido de los más grandes certámenes mundiales hasta hace poco. No olvidemos que en ese proceso de integración y de libertad cumplió un papel el rugby.
Aunque todos sabemos que Mandela, acompañado por su pueblo y por una gran campaña de solidaridad internacional, fue no sólo la figura decisiva sino algo no muy común: símbolo.
¿Y cuál fue la enseñanza más grande que Mandela nos legara? A nuestro juicio saber luchar, saber perder y saber ganar. O resumiendo: saber perder y saber ganar. Fue una lección colosal además de magistral.
Creemos entonces que, casi providencialmente en cuanto a las coincidencias, nuestros deportistas le dieron al mundo pero muy especialmente al Uruguay y en aquel lugar, otra lección a su alcance y a escala deportiva mundial de lo mismo: saber perder y saber ganar.
Pero, agregado a las consideraciones anteriores (algunas vienen desde el fondo de la Historia), el acontecimiento golpeó hondo en la población de Uruguay pero muy especialmente en la juventud y en la niñez.
Ello se debe a que nuestro país vivió y no sólo en el deporte sino en cosas vitales, duras experiencias referidas al no saber ganar y al no saber perder.
Muy amargas y duras. En el plano político, en el social, y en el económico.
Primero fue la Dictadura y luego, cabalgando sobre la desesperación fomentada, el "hacé la tuya" como expresión aberrante de no sólo ganar sino de "saber" ganar. No queremos entrar al entorno de las monstruosas "enseñanzas" que se impartieron en torno a qué hacer cuando se pierde.
Así se rompieron códigos sagrados que venían de lejos e identificaban. Y cuando esa columna vertebral intangible se rompe, hay siempre malas consecuencias.
Una de ellas, que la sociedad así agredida y aún aceptando en parte las malas "novedades", queda con su conciencia rota.
La anomia que en Uruguay, según muchos analistas, se iba transformando en imperante socialmente, no es precisamente un lugar cómodo en el que poder vivir.
Para colmo, en el 2004 se produjo una gran "ruptura" (en el buen
sentido) política. Ahí, hora crucial, se volvió y no sin trabajo, a saber ganar y a saber perder. "Agravada" en el 2009 por otra que llevó al Gobierno a un caracterizado y conspicuo "perdedor" quien, por lo que se va viendo, parece ser, contra todo lo profetizado malignamente, también un buen ganador. Dos furibundos golpes contra pérfidos esquemas.
Algunos dicen que Pepe imita a Mandela y otros, que están presos, alegan que no lo bastante.
Tanto los futbolistas como el equipo técnico, demostraron a su escala (que fue mundial) saber ganar mientras ganaron y saber perder cuando les tocó.
Le mostraron al mundo la existencia de un país y las características que tiene (a pesar de que las fueron degradando con avieso trabajo de zapa).
Fueron decisivos en la pesada tarea de marcar el rumbo con hechos concretos entre la frívola hojarasca que persiste: humildad (en el sentido de "no a la soberbia"), entrega, planificación, excelencia, bonhomía y trabajo en equipo.
Esa recuperación tangible y profunda de lo añorado por perdido o extirpado, que por lo dicho va mucho más allá del deporte, explica el impacto social tan perceptible. ¡Gracias!
Gracias pero en horas de Presupuesto no debemos volver a olvidar al deporte. Sería ceguera.
Por lo antedicho y por muchas cosas más (entre ellas la salud pública en todas las edades, la integración social, el combate a la variada gama de tóxicos tangibles e intangibles que nos invade, la promoción del país, y la defensa de sus valores... En fin, el idilio fecundo de lo celeste basado en la celeste.

|*| Escritor, senador de la República.

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